En la vida pública de Luis Brandoni hay una línea de continuidad más fuerte que cualquier coyuntura: nunca acomodó sus ideas al clima de época. No fue un actor que se politizó cuando convenía ni un dirigente cultural que administró silencios. Fue, más bien, una de esas figuras incómodas para el poder porque mantuvo una fidelidad poco frecuente a sus convicciones. Y esa persistencia tuvo un precio: a lo largo de medio siglo, Brandoni atravesó distintas proscripciones de hecho, desde las amenazas de la Triple A y las listas negras de la dictadura hasta la marginación más sutil pero igualmente eficaz que, según él mismo denunció, sufrió durante el kirchnerismo.
La cronología de ese derrotero arranca en un episodio que quedó fijado en la historia política y cultural argentina. El 28 de mayo de 1974, en la Casa Rosada, Brandoni habló ante Juan Domingo Perón como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, en medio del debate por el futuro de la televisión. No fue una incursión personal en el peronismo ni una conversión ideológica: fue una intervención sindical en representación de su gremio. Pero aquella escena quedó torcida por una lectura interesada. Tras la estatización de los canales, Alejandro Romay instaló la versión de que Brandoni había participado en la toma de emisoras “a punta de pistola”. La acusación derivó en un juicio, pero el daño ya estaba hecho: durante años, las cámaras empresariales de la TV lo marginaron. Esa fue una de sus primeras proscripciones, nacida no de un decreto sino de una operación política y empresaria.
Luego, la Triple A lo amenazó de muerte y le dio 48 horas para abandonar el país. Brandoni no era peronista ni izquierdista militante; era, sencillamente, un actor radical, gremialista y visible en un tiempo en que eso alcanzaba para quedar bajo sospecha. La amenaza lo empujó al exilio en México junto con Marta Bianchi.
El regreso no le devolvió la normalidad. Después del golpe de 1976, la dictadura lo incorporó a las listas negras que circularon en el mundo cultural. Y el 9 de julio de ese año, al salir del teatro, Brandoni y Bianchi fueron secuestrados por un grupo comandado por Aníbal Gordon y trasladados a Automotores Orletti. El Ministerio Público Fiscal sostiene que ambos identificaron a Gordon y a otros represores, y que el cautiverio quedó acreditado judicialmente. En sus testimonios, aparece incluso una frase escalofriante del propio represor: “Nosotros somos la Triple A”, como si el terrorismo parapolicial y el terrorismo de Estado fueran, en ese caso, estaciones de una misma maquinaria persecutoria.

Lo decisivo, sin embargo, no es solo que Brandoni haya sido perseguido por la derecha peronista y luego por la dictadura, sino que no corrigió su rumbo para resultar aceptable. Con la democracia recuperada, se mantuvo dentro del radicalismo, fue un hombre cercano a Raúl Alfonsín, su asesor cultural y más tarde diputado nacional por la UCR en 1997. Su compromiso político nunca fue decorativo: formó parte de una tradición republicana que sostuvo incluso cuando esa identidad parecía poco rentable en el mundo artístico.
Décadas más tarde, ya en otro contexto y con otros métodos, Brandoni volvió a denunciar un mecanismo de exclusión. Durante los gobiernos kirchneristas, cuando buena parte del ambiente artístico se alineaba con el oficialismo o al menos evitaba confrontarlo, él quedó del otro lado. En 2017 fue terminante: cuestionó a la Asociación Argentina de Actores, a la que definió como una “mamarrachada kirchnerista”, y dijo que el kirchnerismo había raleado a periodistas y actores. Su frase fue más concreta que retórica: aseguró que, de unas 2.000 películas realizadas durante esa etapa, a él lo habían convocado apenas para cuatro. No se presentó como víctima abstracta de una grieta, sino como alguien que conocía en carne propia cómo operan las exclusiones culturales cuando una hegemonía política se apodera de un gremio o de una industria.

Ese malestar no se agotó en declaraciones. También en 2017 renunció a la Asociación Argentina de Actores, el mismo gremio que había encabezado en los años más oscuros, en desacuerdo con una conducción que consideraba abiertamente kirchnerista. Allí había una definición política, pero también ética: Brandoni no parecía dispuesto a compartir casa con una estructura sindical que, a su juicio, había dejado de representar a los actores para pasar a representar una facción.
Ni siquiera la pandemia alteró ese patrón de conducta. Al comienzo del aislamiento, Brandoni reconoció que la cuarentena inicial había sido “muy oportuna” y destacó el comportamiento “responsable” y “ejemplar” de la sociedad argentina. Pero cuando el aislamiento dejó de ser una respuesta de emergencia para transformarse, a sus ojos, en una herramienta de disciplinamiento político, cambió el tono sin medias tintas. Cuestionó que el Congreso permaneciera virtualmente paralizado, criticó a Cristina Kirchner por utilizar la pandemia para avanzar con la reforma judicial y se volvió una de las caras más visibles del 17A, el banderazo contra la extensión de la cuarentena y contra lo que interpretaba como un intento de domesticar a la sociedad desde el poder. “Nos vamos a cuidar con todos los protocolos”, dijo entonces, en una frase que resumía su posición: no negaba el riesgo sanitario, pero rechazaba que la excepcionalidad se convirtiera en coartada para el abuso político.

Después del 17A redobló esa línea. Dijo que la marcha había sido “ejemplar” y “apartidaria”, sostuvo que “la sociedad salió a la calle y ya no se va a quedar más en sus casas” y volvió a cargar contra el ADN autoritario del peronismo. En ese momento ya no hablaba solo el actor; hablaba el sobreviviente de una cultura política que conocía demasiado bien los mecanismos de la intimidación y del silencio. Su enfrentamiento con el kirchnerismo, en ese sentido, no fue un arrebato tardío: fue la prolongación coherente de una biografía marcada por la resistencia a cualquier forma de prepotencia estatal o facciosa.
Por eso el título de sus “múltiples proscripciones” no remite a una victimización cómoda, sino a otra cosa: a la persistencia de un hombre que pagó costos concretos por no callarse nunca. Desde la amenaza de la Triple A hasta el cerco cultural del kirchnerismo; desde el secuestro en Orletti hasta sus apariciones contra la cuarentena restrictiva de Alberto Fernández, Brandoni sostuvo una misma matriz: la de alguien que prefirió quedar afuera antes que decir lo que no pensaba. En la Argentina, donde tantos se reescriben según el viento, esa coherencia terminó siendo su rasgo más político.











