Cuando Luis Noriega habla, el riesgo de caer en el engaño es alto. Un engaño, desde luego, muy lejos de ser voluntario. Tímido, habla bajo y tiene toda la pinta de ser un devoralibros. Lo que no se ve es la pluma afilada con la que es capaz de chuzar, inquietar y divertir en sus relatos. Así que, en lugar de un engaño, se desvela una premisa: detrás de todo tímido hay, por lo general, un humor corrosivo, punzante, a veces cruel. Y, en el caso de Noriega (Cali, 54 años), brillante e ingenioso. Gracias a ese humor, existen su recién reeditada novela Donde mueren los payasos y también la recopilación de cuentos La puerta de la felicidad (Random House), que llega a librerías en octubre. A propósito de ambos trabajos, dejó su hogar cerca de Barcelona para visitar Colombia por unos días.
Donde mueren los payasos desborda sátira y humor. Está escrita con una pluma afiladísima, que comienza narrando el momento en que un payaso que invita, megáfono en mano, a los transeúntes a entrar en un asadero de pollos es convertido por el azar, por el destino (y por un periodista) en candidato presidencial. Más allá de la categoría obvia de novela, este libro entra en la categoría de la farsa política, y también de la farsa editorial, por sus pullas al funcionamiento del universo literario. En un país como Colombia, en el que el humor se debate entre lo flojo y lo inexistente, una sátira reposada, pensada, emerge como una suerte de espejo inquietante.
—¿La reedición de la novela obedece a la crisis de los tiempos actuales?
—Supongo que sí, que la coyuntura política ayuda —dice, junto a una ventana de las oficinas de su editorial, en el norte de Bogotá—. Yo, agradecido editorialmente de que la novela parezca todavía vigente, aunque parece que es nuestra tragedia.
A pesar de que el libro parece un intento por ser una radiografía esperpéntica de un país, sus orígenes son mucho menos ambiciosos. Era una broma entre amigos escritores, un asunto privado, una motivación para forzarse a escribir 1.700 palabras al día para tener una novela después de un mes. Pero fue evolucionando de tal manera que hoy en día alguien podría incluso leerla como una profecía. Sus orígenes se remontan al momento en que el entonces presidente Álvaro Uribe buscaba una segunda reelección, en 2010. Desde entonces, la dinámica del mundo ha sorprendido al autor mismo: “Cuando escribí esto, no imaginaba que íbamos a tener de presidente del mundo libre a un vendedor de carros usados. Si me lo hubieran dicho en esa época, habría dicho que no iba a pasar. Creo que es la actitud que teníamos todos en 2016. Pero vinieron el Brexit, el referendo de la paz y la victoria de Trump. O sea, todo lo que podía salir mal, salió mal”.
Sin embargo, observado con la facilidad que da volver la vista atrás, Noriega encuentra que, si bien hoy en día hay elementos exacerbados en la política —y en la relación de las personas con ella—, algunos de ellos ya se podían intuir cuando escribió su novela. “Ya en 2009 y 2010, una cosa que me sorprendió es lo que hoy es como un tópico: la polarización”. En varias conversaciones, dice, descubría que los amigos se estaban “tirando los trastos” ante la ausencia de matices y moderación. “De algún modo, lo que traté de hacer en Payasos con estas caricaturas –porque es claro que son caricaturas de candidatos– era reflejar esa polarización, que me parece que se ha agravado. Mi impresión es que se han perdido los matices por completo y la gente simplemente vota en contra, y eso me parece un drama”.
No tomarse en serio las cosas hace que den menos miedo
Otra característica que parece novedosa, es el hecho de que la política haya dejado de centrarse en debates y propuestas para convertirse en un espectáculo ruidoso y pirotécnico. “Eso no es tanto una novedad como un desarrollo o una acentuación de ciertos factores. Es decir, antes de esa política, que ahora es evidentemente espectáculo, también teníamos a la gente que no votaba por los programas. Quienes discutían sobre las ideas de los programas políticos eran muy pocos. Ese desarrollo ha llevado a descubrir que ahora, en las campañas políticas, hay una nueva manera de apelar a las masas que se puede explotar: no hay límites para insultar, se descalifica al contrario sin mayores reparos y, cuando el líder cambia de opinión, la gente hace lo mismo, se corrige. “En el caso de Colombia, se le miran más los defectos al contrario, y eso hace que sea más fácil señalarlos en ese plan de espectáculo”, agrega.
—¿Puede aportar algo la sátira en un ambiente tan polarizado?
—No sé… Yo creo que la literatura es una rama de la industria del entretenimiento, en principio. El objetivo de una sátira es que la gente se ría, que vea las cosas con cierta distancia y pase un buen rato. Ojalá aporte algo más, una perspectiva diferente. En mi experiencia, el humor tiende a seleccionar a sus lectores o espectadores. En Payasos, específicamente, traté de que no hubiera un personaje absolutamente bueno porque me parece importante que los lectores sospechen de sus propios candidatos. Que un candidato pulcro y accesible en muchas otras facetas es egocéntrico. Ojalá la sátira diera esa distancia, pero sospecho que es muy difícil, o que es una coincidencia afortunada.

A pesar del escepticismo sobre el poder de la sátira, Noriega identifica un riesgo en una sociedad que se toma demasiado en serio, o que es incapaz de tener una visión ridícula de sí misma. “El riesgo es el fascismo, de izquierda o de derecha. Tanto Stalin como Hitler se tomaban demasiado en serio. La incapacidad de reírse de sí mismo lleva a convencerse de que se tiene la razón, de que se está en una posición superior”, asegura. Y explica que, por lo general, quien cree ocupar posiciones superiores al resto de la gente es mucho más asustador que una persona capaz de percibir matices y carencias en cada uno. “Ese es el riesgo de creer que solo se puede uno reír de los demás, porque están abajo, son inferiores. Esa es la gente que no queremos tener en el poder”, añade.
Cuando Noriega habla de reírse de sí mismo, desde luego, no es ajeno a esa posibilidad, que le facilita su cualidad de hipocondríaco. “No tomarse en serio las cosas hace que den menos miedo”, dice, antes de contar que con un grupo de amigos, también hipocondríacos, hablan y se ríen, aun llenos de pavor, de los tres o cuatro cánceres que temen padecer cada año. “Podemos reírnos porque, pese a que estamos cagados del susto porque estamos convencidos de que tenemos cáncer, el hecho de hacer chistes sobre eso nos da distancia y es como un alivio”.
Cuentos variopintos
Dejando de la reedición (que es un síntoma de su vigencia) de Donde mueren los payasos, los cuentos también trajeron a Noriega de vuelta a Colombia. La puerta de la felicidad, la recopilación en la que empezó a trabajar en 2016 y que espera llegar a las librerías en octubre, se aleja del humor esperpéntico de la novela para abrir el abanico con relatos que tienen elementos de ciencia ficción, otros de terror y otros con aire de familia. Y en otros, cómo no, recurre al divertimento. “Me gusta que mis libros de cuentos sean muy variados. Espero que ese sea aún más variado que el anterior”, explica. Hay una unidad en el libro, añade, con la esperanza de que eso haya contribuido a convertirlo en uno más maduro que las demás compilaciones de cuentos que ha dado a conocer.
A pesar de que su nombre en Colombia quizá está más asociado a su trabajo como novelista, Noriega, si tuviera que elegir, se quedaría con los cuentos. “La novela tiene un precio en autores como nosotros que no estamos consagrados. Un precio psicológico, y es que implica una inversión muy grande de tiempo en algo que uno no sabe cómo va a salir”, argumenta. El cuento, abunda, puede tardar un día, una semana o un mes en escribirse, pero al cabo de un tiempo mucho más breve (y manejable), el autor sabe si su creación ha funcionado o no.
—Al final, una novela es como una moneda al aire…
—Sí. Uno puede estar trabajando en una novela años y, de repente, descubrir dos años después que no sirve o no cumple con los estándares. Y tiene sentido: mis novelas publicadas son mucho menos que las novelas que he escrito, y ese es un costo para cualquier autor.









