más de 100 obras recorren su universo pictórico en Buenos Aires

más de 100 obras recorren su universo pictórico en Buenos Aires


¿Fue Miguel Dávila un pintor de su tiempo? Las más de cien obras de este artista que presenta Tercer Orden, la muestra que le dedica a partir de octubre la Casa del Bicentenario, ofrecen al ojo esa familiaridad extraña y atemporal que nos propone el inconsciente a través de los sueños.

En una de las pinturas, dos centauros atraviesan una suerte de vaho de tonos violáceos, azules, verdes y rosas. En otra, un piso en damero se rebate, volviendo aquel cándido interior, desde el cual se vislumbra un paisaje, un espacio inestable y opresivo. Hay rostros, pero nunca (o casi nunca) son claros; las miradas están siempre (o casi siempre) sesgadas.

Es difícil dar cuenta a través de estas obras de un estado de la realidad más allá del bastidor. Y, sin embargo, Dávila fue un pintor de su tiempo. Es evidente su participación en los debates plásticos del siglo XX: sus telas tocan el informalismo y el expresionismo. Sus pupilas guardan todos los recursos de los artistas modernos que aprendió en la academia.

Temas urgentes

Los temas urgentes están presentes de modo oblicuo, como climas en los que lo universal y lo singular se diluyen. Dávila es un pintor de su tiempo porque en su obra su tiempo es, ante todo, un tiempo propio, soberano de las imágenes que no le dejaron de fluir en las más de seis décadas en que desplegó el oficio.

Oriundo de La Rioja, se formó en el Instituto Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Tucumán. A finales de la década del 40, en esas cátedras se daban cita algunos de los artistas más destacados del arte moderno de Argentina.

Dávila aprendió dibujo con el húngaro Lajos Szalay y grabado con el catalán Pompeyo Audivert. Lino E. Spilimbergo fue su maestro de pintura, y una influencia determinante en su abordaje del oficio: “En la disciplina con la que trabajó Dávila toda su vida y en su incansable búsqueda de una imagen propia a través de las distintas series, se evidencia el impacto que tuvieron esos primeros años de formación tucumana”, define Joaquín Rodríguez, curador de la muestra.

Desde allí llega a Buenos Aires a comienzos de la década del 50, donde se inserta en una escena plástica pujante, en la que había mucho espacio para la experimentación.

Participa furtivamente de la escena informalista que timonearon Alberto Greco y Kenneth Kemble, donde la figura se desvanece para dar preeminencia al gesto expresivo (y a veces destructivo) de los artistas, a la experimentación de materiales no convencionales y al gran formato.

Proposito oculto, de Miguel Dávila, se puede ver en Tercer Orden, en la Casa del Bicentenario. Foto: gentileza.

A principios de los años 60 formó parte, junto a Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, de los inicios de la Nueva Figuración.

El movimiento proponía una nueva imagen para un nuevo hombre, articulando la expresividad y el tratamiento de la materia que venían del informalismo con la composición figurativa.

En 1961 Dávila se va con una beca del FNA a París, donde comparte taller con Deira y participa de los debates de la época. Allí, en medio de la náusea sartreana y el existencialismo de la posguerra, pinta unos paisajes de La Rioja que destacan por su uso de la luz, como si ésta fuera un tamiz para la nostalgia de aires más candorosos.

Dávila vuelve a Buenos Aires en 1962 y continúa en solitario su búsqueda de una imagen propia: “No se casa con ningún ismo, solo se sirve de las herramientas que cada uno de esos movimientos le provee para nutrir su propio universo”, explica el curador.

Su paleta siempre destaca por la iridiscencia de sus colores, que atempera la angustia que parecen estar experimentando sus figuras.

La inminente exposición en la Casa del Bicentenario tiene un antecedente, este mismo año, en el Museo de Bellas Artes Lola Mora de la ciudad de Salta. “Dávila 100 años. Cuatro actos para un ensayo visual” también fue promovida por el hijo del artista, el galerista Alejandro Sasha Dávila, y curada por Rodríguez.

La obra de Miguel Dávila, se puede ver en Tercer Orden, en la Casa del Bicentenario. Foto: gentileza.

“La muestra de Buenos Aires incluirá piezas que no se llevaron a Salta, donde el espacio era un poco más reducido. Mientras allá propusimos una lectura que se estructuraba más intuitivamente, a partir de algunas características de las obras, aquí seguimos una línea más cronológica, que permite poner de manifiesto la continuidad de las ideas del artista a lo largo del tiempo», explica Rodríguez.

Y sigue: «Cómo vuelven ciertos asuntos que le interesa resolver estéticamente. Cómo sus diversas producciones (sean expresionistas o informalistas, estén más cerca o más lejos del realismo) se conectan a través de los elementos compositivos que utiliza, sobre todo, de un repertorio de símbolos y figuras que retoma, sin demasiada explicación, y con muchos años de diferencia”.

El nombre del artista

Al homenaje rendido en sendas muestras, se suma la iniciativa del Salón de Artes Visuales de La Rioja que, a partir de este año, en que su alcance se vuelve nacional, llevará el nombre del artista.

En las telas presentadas en la sala porteña se sucederán las atmósferas enrarecidas de las series míticas del Dávila de los 70; sus paisajes rurales donde el extraño fulgor sobre una osamenta (¿la luz mala?) le sale al cruce a cualquier intención realista; la ciudad sombría y acelerada en la que van apareciendo arquitecturas y estructuras a partir de los 80; las figuras que, según avanzan los años, se vuelven más sólidas, pero son siempre igual de esquivas; los muros olvidados de la ciudad, con su típico empaste de carteles superpuestos, que Dávila pinta entre el 97 y el 98.

Gusano de Lata, de Miguel Dávila, se puede ver en Tercer Orden, en la Casa del Bicentenario. Foto: gentileza.

La pintura de Dávila emana, de a ratos, un aroma de realismo mágico que hace pensar en Marc Chagall. Una sensualidad cromática y lineal que lo acerca a la secesión vienesa de Egon Schielle y Gustav Klimt. Una amargura que recuerda a la acidez del Otto Dix de la Alemania de los años 20.

Una lógica compositiva, a caballo entre los planos de color y la línea que des-figura, que evoca a Francis Bacon. Como en todos ellos, el oficio de pintar es lo que prevalece en este artista. Toda cuestión es una cuestión estética y eso, lejos de reducirla, la redime.

“Tercer orden” toma su nombre de una monografía que Elena de Bertola publica en el número de septiembre de 1978, en la revista Correo de Arte. “Ella hace referencia a una especie de punto intermedio entre lo técnico y lo intuitivo en la obra de Dávila”, aclara Rodríguez.

En ese espacio, ese justo punto medio, como quería Aristóteles, también quiere posicionarse la muestra. “Queremos proponerle al público un recorrido intuitivo, en el que la observación de las obras sea más importante que el discurso curatorial –concluye Rodríguez–. Que todos puedan disfrutar de su pintura”.

Miguel Dávila: Tercer Orden, en la Casa del Bicentenario (Riobamba 985) hasta el 27 de noviembre.

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