«Me devolvió algo que no podía encontrar en mí»

«Me devolvió algo que no podía encontrar en mí»


Lorena del Pardo atiende la videollamada desde su van, estacionada en Mallorca, España. Tiene 35 años, habla con la serenidad de quien ya atravesó demasiadas cosas, y se ríe fácil, incluso cuando cuenta historias que a cualquiera le hubieran puesto la piel de gallina. “Soy de San Pedro, Buenos Aires. Cuando me fui era una ciudad chica. Ahora me parece grande», dice a Clarín.

Hace diez años «Lolo» -como la llaman quienes más la conocen- era cocinera, vivía con sus padres y estaba en esa encrucijada tan común: juntar dinero para alquilar o gastarlo todo en un pasaje a Brasil. Eligió lo segundo. “O ponía esa plata para los tres meses de adelanto, garantía, depósito… o me iba a Brasil a aprender sobre mariscos, sobre otra cultura, a probar suerte. Y me fui”, dice decidida. Iba por seis meses, pero volvió dos años y medio después.

Fue la primera en su familia en animarse a eso. Después viajaron sus hermanos. “Les transmití que se puede. Que no es suerte, que es decisión”, asegura.

En ese primer viaje, Lorena estaba en pareja. Juntos recorrieron 13 países. Hasta que la vida se partió en dos.

Su novio murió en un accidente de wingsuit, ese deporte en el que se tiran desde montañas con un traje con alas. “Él volaba. Yo lo esperaba en la pista de aterrizaje. Estábamos a dos kilómetros de distancia”, recuerda. A partir de ese momento, Lorena escribió un libro sobre su duelo y se hizo una pregunta que todavía hoy la conmueve: ¿qué hago con todo el amor que tenía para darle? ¿Dónde lo deposito ahora?

La respuesta no fue inmediata. Primero fue la bicicleta.

“Yo era un desastre andando en bici. De chica me choqué con un camión y un fitito estacionado. Mi mamá me decía ‘Lorena, por favor, mirá para adelante’. Se ve que me distraigo fácil”, se ríe. Pero después del accidente, la bici apareció como salvación. “La bici me devolvió algo que yo no podía encontrar en mí”, remarca.

Quería ir desde antes, pero ahora tenía otro sentido. “Yo quería ayudar. Le escribí a un montón de ONG’s y nadie me respondió. Y con el tiempo agradecí esa no respuesta. El viaje terminó siendo otra cosa”, manifiesta.

Diseñó una ruta, lo publicó en redes para ver si alguien se sumaba. Nadie respondió. Salió igual. Desde Mallorca voló a Nairobi, Kenia, con una bicicleta que pesaba 18 kilos y bolsos que, cargados, podían llegar a 50. Llevaba carpa, cosas para cocinar, pastillas potabilizadoras, kit de emergencia, ropa mínima donde todo cumplía dos o tres funciones (un pareo que era toalla, bufanda o manta) y dos kilos de yerba mate. “Me tomé el último mate en Ciudad del Cabo. Cuando se terminó pensé: hice las cosas bien”, remarca.

Al salir del aeropuerto vio cebras en la calle. Y escuchó por primera vez, en serio, fuera de Disney, la frase que la iba a acompañar todo el viaje: Hakuna matata. En suajili significa “no hay problema”. “Te lo dicen todo el tiempo. Es como un ‘tranquila, relajate’”.

El primer choque cultural no fueron los animales sino el supermercado. “Había góndolas llenas de pasta de dientes y casi nada de champú. Yo no lo podía creer. Después entendí: no tienen el mismo tipo de pelo que nosotros, usan aceites, vaselina, trenzas, pelucas. No necesitan lo que yo consideraba básico”.

Hizo nueve países en seis meses. Un mes por país, a veces 21 días, a veces más. Pedaleaba a más de 2.000 metros de altura sin saberlo. “Me faltaba el aire y yo no entendía por qué. No había investigado casi nada. Me mandé. Después veía cómo lo resolvía”, dice.

El impacto visual fue brutal. De haber visto llamas en Catamarca pasó a frenar la bicicleta para dejar cruzar a un elefante: “Todavía no lo puedo creer. Tengo una foto de mi huella al lado de la del elefante. Es quince veces más grande”. Lloraba cuando veía jirafas mirarla fijo. “Son animales que vos conocés de documentales. No pensás que un día te van a mirar a vos”, cuenta.

También vio el cuerpo de un elefante en descomposición. “Era como ver un auto desintegrándose”.

La huella del elefante y la huella de Lorena .

La comida fue otro mundo. Una vez creyó que un hombre vendía hojas de laurel al costado del camino. Las agitaba a lo lejos. No entendía que eran. Cuando estaba a escasos metros el choque fue brutal: eran ratas a la parrilla: “Tenían los dientitos, todas despeluchadas. No las probé. Después verlas comer fue peor que verlas muertas”. Se alimentaba de arroz, huevo, palta, ensaladitas llamadas kachumbari y rolex, una especie de fajita típica de Uganda con huevo y verduras.

En Uganda vivió una de las experiencias que más la marcaron: la forma en que muchos hombres se relacionan con las mujeres. “Me tocaban la pierna, me invitaban a su cama. Los nenes me tocaban y un hombre me dijo ‘quedate quieta, están jugando’. Yo pensaba: ¿jugando a tocarme?”, recuerda. Entonces entendió que no era una turista más, sino que estaba inmersa en otra lógica cultural, muchas veces incómoda y atrasada para sus ojos.

También conoció gente increíblemente solidaria, amable, generosa con lo poco que tenía.

El recorrido de Lorena por nueve países africanos en nueve meses.

En Sudáfrica encontró otro contraste: pueblos que parecían a Francia, calles pintadas, infraestructura impecable. Pero también la división tácita entre blancos y negros. “Me decían hasta dónde podía ir. Yo no sabía, ellos sí”.

La parte más dura del viaje fue el desierto de Namibia. Temperaturas de 37 a 39 grados. Arena en la que la bicicleta no avanzaba. Siete horas para hacer 45 kilómetros. 12 litros de agua, seis de comida, reservas para cuatro días por si se quebraba y nadie pasaba. “Era una bendición que pasara un auto por hora”. Dormir en carpa era insoportable. Veía el aire vibrar en el horizonte.

Un día pinchó una rueda. El dueño de un camping la fue a buscar en camioneta. Al día siguiente sufrió un golpe de calor: “Me agarró por la nuca. Empecé a perder noción de los kilómetros. Me repetía ´pedaleá que podés. Llegué a un café en el medio del desierto y dije: me bajo”.

El desierto fue uno de los principales obstáculos para la viajera argentina.

Le quedaban 11 días para cruzarlo. Lloró de bronca. “Duele bajarte. Pero hay un punto en que la naturaleza te gana”, explica.

Siguió el viaje en Sudáfrica. Pero el desierto le quedó como una deuda pendiente. Planea volver, esta vez desde Marruecos, para darle “una segunda chance”.

Hubo momentos de miedo real. Como cuando cruzó una frontera de noche en una combi llena de gente. “Pensé que era trata de personas. Paraban, subía gente de la nada, yo abrazaba la pierna de la mujer de al lado. Después bajaron todos y me dejaron sola arriba. Bajaron a cambiar plata. Yo decía: ¿Quién cambia plata en plena noche en la frontera?”, repasa.

Al final se habían olvidado a un pasajero.

Durante el viaje hubo, además, algo que le pesó tanto como el calor: la pobreza: “Ver chicos tirados llenos de moscas, gente comiendo al lado de animales muertos. Una mujer grande me dijo: ‘Llevame a Argentina, allá seguro hay más posibilidades’. ¿Cómo dormís con eso?”.

Cada vez que llegaba a una capital donde podía tomar un avión se preguntaba si seguir. “Yo podía escapar. Ellos no”.

La pobreza fue algo que impactó mucho en Lorena.

Y, sin embargo, cada mañana arrancaba a las 6.30. Pedaleaba de 7 a 12, cuando el calor todavía era “lindo”. Planificaba dos distancias posibles y decidía según cómo se sentía. Cada cuatro días descansaba uno. Una vez acampó sabiendo que podía haber gorilas cerca. “Dije: ya fue, que me levante un gorila. Me levantaron unos monitos”, señala.

Aprendió palabras, gestos, códigos. Que musungu -persona blanca o viajera- no es un insulto sino una bienvenida. Que cuando alguien le decía “Hakuna matata, musungu, esto es África”, tenía que bajar un cambio.

Al final del viaje, en Ciudad del Cabo, se terminó la yerba. El mate chiquito quedó vacío.

Lorena ya había cruzado Europa en bicicleta (de Francia a Noruega, de Austria a Turquía) y suma 28 países pedaleados. Pero dice que su pendiente es recorrer Argentina en bici.

Hoy escribe un libro sobre este viaje en ruedas. Y cuando le preguntan qué le diría a alguien que quiere hacer algo parecido, responde sin dudar: “Que vaya. Que no piense tanto en lo peligroso. Que vaya abierto, con respeto, con cuidado. Cada uno va a tener su propia experiencia”.

Ella fue buscando ayudar. Terminó encontrándose. Y entendiendo que, a veces, la frase más repetida en la ruta también puede ser una forma de ser: hakuna matata.

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