“El movimiento nos permite pensar otras cosas, nos da cierta perspectiva”, explica María Lobo (San Miguel de Tucumán, 1977), que vive y escribe entre la ciudad de San Miguel de Tucumán y las yungas del cerro San Javier. Apasionada de la música y de lo que llama el amor conversacional, acaba de publicar El efecto peculiar (Tusquets). Cierra así una trilogía que transcurre en Tucumán y que incluye El interior afuera (Qeja Ediciones) y Ciudad, 1951 (Tusquets, Premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes).
En la novela, Cibelia Ree, una bajista y casi licenciada en Historia, se obsesiona con el instante en que se produce la conexión entre las personas y la música. Su búsqueda se entrecruza con la de Antonio Meucci, que inventó el teléfono, pero no pudo costear la patente de su creación. A su vez, fue quien descubrió “el efecto peculiar”, la distorsión de la voz humana cuando se transmite a través de la electricidad y que solo se revierte cuando una voz se aísla.
En El efecto peculiar, los personajes conversan, buscan, miran, divagan en una espiral lyncheana. Vuelan en avión y miran hacia abajo, buscando distinguir la maraña de cables. Cables que conectan ¿a quién con qué? ¿Tejidos por quiénes?
–¿Cómo nace El efecto peculiar?
–Para la escritura de mi nueva novela estuve leyendo intensamente la bibliografía del inventor de la fantasmagoría. Ahí me encontré con la biografía de Antonio Meucci. Yo soy licenciada en Comunicación y, cuando estudiaba, nos enseñaban que el inventor del teléfono era Graham Bell, pero en realidad fue Meucci quien inventó el teléfono para poder hablar con su esposa, que estaba enferma y tenía dificultades motrices. No pudo llegar a patentar su invento porque le faltaban 10 dólares, y lo más conmovedor y doloroso de esa historia es que el Congreso de Estados Unidos lo declaró inventor del teléfono recién 150 años después de su muerte. Me pareció una historia irresistible.
–Es una novela que tiene muchas capas y registros diferentes, desde el diálogo teatral hasta fragmentos de prensa del siglo XX. ¿Cómo fuiste trabajando esa combinación?
–Me llevó bastante tiempo escribir la novela y fueron apareciendo distintos registros. Diez años atrás, hubiese pensado que tenía que ordenar todas las ideas en un solo tipo de discurso. Pero ya con Ciudad, 1951 me permití escribir una larga conversación de 200 páginas, así que acá me animé al ejercicio de soltar la forma. A medida que investigaba, encontraba algunos archivos escritos de una manera muy literaria que quería incluir. Además, venía trabajando lo epistolar en otras novelas porque me parece un recurso que habla del tiempo en suspenso, entre que se escribe una carta y llega a destino; pensaba que era la manera de contar la historia entre Cibelia Ree y sus enamorados, pero después aparecieron otras ideas y la excusa de la carta quedó para los momentos narrativos. Y, finalmente, quería poner a los personajes en carne viva; así aparecieron las conversaciones.
–En la novela aparecen constantemente diferentes medios de transporte y de comunicación. ¿Pensás esos medios como uno de los ejes principales de la novela?
–Sí, absolutamente. La novela inicia con la imposibilidad de la protagonista de poder tomar un vuelo de San Miguel de Tucumán al Chaco, de una provincia a otra, cuando en realidad eso nunca fue posible. Si yo quiero ir al Chaco, tengo que pasar por Buenos Aires. Pensaba en la posibilidad y la imposibilidad de la comunicación y cómo el orden histórico, político y cultural de nuestro país, sin que nos demos cuenta, nos está condicionando todo el tiempo las posibilidades de conexión. Quería dejar esa pregunta: ¿Por qué no hay aviones entre provincias?
–Sin embargo, no aparecen ni internet ni los smartphones. ¿Por qué?
–En la novela no aparece internet porque se escriben cartas postales dentro de San Miguel; los personajes viven en su mundo. Me interesa generar mundos que existan en las novelas, y en eso lo tengo muy presente a Calvino con su idea de que para escribir hay que sacarse el peso de lo real. Él usa la metáfora de Perseo cuando corta la cabeza de la Medusa y, después, se sube a lo más liviano que hay, que son las nubes, para enfrentar a los monstruos. Para hacerlo, agarra la cabeza de Medusa y la saca solo cuando es necesario, no la lleva todo el tiempo adelante. La cabeza de la Medusa sería la realidad.
–Pero, como desarrollás en tu ensayo Tierra acostumbrada, todo lo que escribís tiene una profunda relación con el espacio. ¿Desde dónde y contra qué escribís?
–Sí, yo nací en Tucumán, trabajo en Tucumán y pienso el mundo desde Tucumán. Me interesa pensar la ciudad a media altura como un espacio donde están todas las estructuras y los tentáculos de la cultura del capital, pero a una escala diferente y, quizás, con una mayor complejidad. Hay un imaginario de provincia que nos atraviesa y es el de algo que nos falta: no es la capital, no es lo moderno, no es la estructura gigante. Son imaginarios sociales, ideas que las personas llevan adelante y respetan incluso más que un código penal. No nos sentimos desafiados a infringir un imaginario porque no lo vemos. Todas estas ideas, que son años de pensar y de escribir, se traducen en decisiones al respecto. Entonces ahí me pregunto qué hacer: ¿Sostener el imaginario de que la provincia es el lugar del atraso o tratar de pensar de otra manera la provincia?
María Lobo es autora de El efecto peculiar (Tusquets). Foto: redes sociales.–¿Pensás la literatura como una forma de intervención en el mundo?
–No imagino otra forma posible de escritura que no sea esa. Para mí, la literatura es una forma de intervenir en ese campo y tratar de generar algún pensamiento “otro” respecto de la provincia, la capital, el país y la historia. La literatura nos permite tomar perspectiva y pensar desde otro tiempo, y poder señalar cuestiones que la política ha dejado solidificadas en el fragor de la velocidad de la cotidianeidad. La literatura no está solidificada, por suerte.
–En la novela aparece la noción de resistencia cultural en la historia familiar de la protagonista. ¿Qué implica que tenga ascendencia cajún?
–Los cajunes fueron una comunidad que se resistió a dejar atrás sus orígenes, entre otras cosas, negándose a adoptar el inglés como lengua. Creo que algo de esa resistencia conversa siempre cuando pensamos en cualquier relación entre territorios, entre personas. Además, hay una versión de la canción «Jole Blon» –un himno cajún, que se menciona en la novela– que hace Bruce Springsteen junto a Gary U.S. Bonds; también es un homenaje a él. En las conversaciones también aparece Wilco porque admiro a Jeff Tweedy en su totalidad; más allá de que su música me encanta y de que quiero ser su amiga, me parece una persona brillante.
–¿Qué rol tiene el personaje de Charlie Wagner, que no es músico sino arquitecto?
–Es el personaje que une la trilogía. Es un personaje secundario de El interior afuera, uno de los protagonistas de esta novela, que transcurre quince años después, y es el nieto del Charlie Wagner de Ciudad, 1951. Los dos Charlies son arquitectos y son personajes muy amorosos con las mujeres. Entran y salen de sus vidas de una manera muy natural y nada conflictiva. Me parece que él es el personaje que me permite escribir sobre el amor, que es de lo que siempre quiero escribir. Si me preguntan de qué es El efecto peculiar, diría que es una novela de amor.
María Lobo básico
- Nació en Tucumán en 1977. Es licenciada en Comunicación y doctora en Humanidades por la Universidad Nacional de Tucumán.
María Lobo es autora de El efecto peculiar (Tusquets). Foto: gentileza editorial.- Publicó las novelas Los planes, El interior afuera, San Miguel (Finalista Premio Nacional de Novela Sara Gallardo) y Ciudad, 1951 (Primer Premio del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes), y las colecciones de relatos Santiago y Un pequeño militante del PO.
- Como ensayista, publicó Tierra acostumbrada. El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano.
- Es docente y gestiona el Superespacio, junto a los artistas visuales Bruno Juliano y Rodrigo Cañás, donde se exploran los cruces entre literatura y otras artes al pie del cerro San Javier.
El efecto peculiar, de María Lobo (Tusquets).









