Al principio, estaba solo el humano y la naturaleza. Nuestros antepasados entendieron que el cielo y la tierra eran una bendición, y también una amenaza. Entonces empezaron las estrategias para someter la tierra.
Este es el camino del libro La tierra sometida. Principio y fin del dominio humano sobre la naturaleza, de Philipp Blom, de la editorial Anagrama, con traducción de Daniel Najmías.
Philipp Blom es un historiador, novelista y traductor alemán. Es autor, entre otros títulos, de Encyclopédie, El triunfo de la razón en tiempos irracionales y Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea, en el que analiza a los ilustrados europeos Paul Thiry d’Holbach y Denis Diderot, de posturas más radicales que fueron desatendidas en beneficio de Rousseau y Voltaire, convertidos en arquetipos del pensamiento ilustrado. Ambos libros fueron también publicados por Anagrama.
La obra comentada se divide en tres largas partes: Mito, Logos y Cosmos.
La voluntad de dominio de la tierra no es solo apropiación de recursos. Es también una práctica que necesita de una narrativa justificadora.
El texto bíblico cumple primero esa función. La Biblia, y su capítulo inaugural del Génesis, es el relato fundacional de Adán y su descendencia como la especie creada por Dios “que está fuera de la naturaleza y por encima de ella y puede, e incluso debe, someterla”. El Dios monoteísta judeo-cristiano crea a los peces, las aves y los animales para que el humano les dé un nombre y, por ese acto, funde su legítimo dominio.
La naturaleza es creada para el servicio del humano, no para una vida en hermandad y comunidad con los animales o los elementos naturales.
Tierra dominada
Así, nace la mentalidad de la “tierra dominada” como “la expresión de un delirio colectivo”. De hecho, el Homo sapiens “cree de verdad que ante su incomparable majestad todas las criaturas muerden el polvo”.
En el núcleo del delirio de la narrativa de sometimiento de lo natural anida una distorsión central: ignorar que el organismo humano “no es especialmente importante”, en tanto que no puede escapar de los procesos naturales de la fragilidad, el envejecimiento, la exposición a los virus, las enfermedades y la acción de los microbios.
Por eso, el autor afirma que el propósito de su extensa obra es “aclarar la asombrosa historia de ese delirio” (el delirio de la tierra sometida), desde los orígenes de la civilización en Occidente hasta el actual Antropoceno y el avance del deterioro climático.
Es muy significativo cómo Blom repara en que el relato de la supremacía sobre el mundo natural no está presente en las tradiciones no occidentales. En mitos y relatos de otras culturas, el humano no se erige como “señor de la naturaleza”.
La tradición china taoísta enseña al ser humano un modelo de sabiduría basado en los opuestos complementarios y la fluencia del agua como símbolo de la vida como movimiento y versatilidad. En los aztecas, los aborígenes australianos, los maoríes de Nueva Zelanda y en la tradición sintoísta japonesa, no asoma una mentalidad de predominio del humano sobre la tierra; antes bien, se la venera como gobernada por un ritmo divino superior.
En los aztecas, los aborígenes australianos, los maoríes de Nueva Zelanda y en la tradición sintoísta japonesa, no asoma una mentalidad de predominio del humano sobre la tierra.
Por el contrario, en la modernidad occidental adquirió solidez de granito “el relato de la dominación de la naturaleza y de la sumisión, un relato que las potencias coloniales llevaron consigo y divulgaron”.
Separar naturaleza de cultura
El relato occidental de la tierra sometida necesita, primero, separar naturaleza de cultura y, segundo, reducir la naturaleza real, viva, hiperanimada, a naturaleza muerta, que es lo que hace precisamente un género pictórico del siglo XVII que asumió gran popularidad en los Países Bajos.
La pintura de la “naturaleza muerta” es el bodegón clásico con su plato de frutas y flores, con ingredientes culinarios, animales de caza o peces, que presenta al mundo natural como una composición geométrica impuesta por el artista. A esto, a veces, se le agregan calaveras, lo que introduce un mensaje moral: recordar la finitud humana, la muerte, y llamar a una esperanza de trascendencia.
Philipp Blom. Archivo Clarín.El humano moderno así se distancia de la naturaleza viva, y esta pasa “a ser, por una parte, recurso mudo y externalidad económica, pero, por la otra, naturaleza muerta, paisaje, decorado turístico, kitsch”.
Ante este alejamiento del mundo natural se movió la pluma de Rousseau, con su romanticismo anárquico, que denuncia lo artificial y corruptor de la cultura, y que celebra un regreso idílico, e imposible, al seno de la pletórica madre tierra perdida.
Esto es un ejemplo de la “arqueología de la resistencia intelectual” a la separación del mundo natural que Blom aborda de forma fundamental, sin nunca olvidar “la cultura de la sumisión”, que hace del mundo físico y natural una planetaria “naturaleza muerta”.
Pero una naturaleza viva está siempre presente. La pasada epidemia del coronavirus hizo recordar que, en silencio, la cultura humana nunca está disociada de la biología de sus cuerpos, de su vulnerabilidad a las enfermedades. El recuerdo colectivo del mundo natural que el relato de la tierra sometida siempre soñó, inútilmente, con dominar.
La tierra sometida. Principio y fin del dominio humano sobre la naturaleza, de Philipp Blom (Anagrama).









