Quiénes son los jóvenes que intentar moderar el uso de la tecnología

Quiénes son los jóvenes que intentar moderar el uso de la tecnología

En un viejo depósito de Brooklyn, cientos de jóvenes se reunieron este mes para aprender a coser ropa, reparar bicicletas, escribir cartas a mano y tomar cursos para conocer personas sin aplicaciones de citas y sostener conversaciones mirándose a los ojos.

Se trató de Summer of Ludd, un festival que no era un show de nostalgia sino una declaración política en un momento en que algunas de las ideas de los luditas comienzan a ser revisitadas.

Nacido como movimiento de protesta social obrero a comienzos del siglo XIX, el ludismo suele ser identificado con la imposibilidad de comprender el progreso que trae la tecnología y con la posterior violencia que genera esta supuesta fobia a la innovación. Sin embargo, la historia dice otra cosa.

La transformación tecnológica sin precedentes que se produjo en Inglaterra con la aparición de telares y máquinas textiles que permitían fabricar más rápido y a menor costo fue la excusa perfecta para que los dueños de las fábricas redujeran salarios y deterioraran las condiciones laborales de sus empleados.

En Nueva York se realizó el Summer of Ludd, un festival que no era un show de nostalgia sino una declaración política.

En un contexto de crisis económica, inflación y prohibición de organizar sindicatos, numerosos artesanos comenzaron a destruir ciertas máquinas como forma de protesta.

No era un ataque irracional a la innovación sino una manera de llamar la atención sobre la distribución del poder y la pauperización de las condiciones laborales; sin embargo, con el paso del tiempo la historia ludita fue simplificada y sus ideas, caricaturizadas.

Dos siglos después, estas discusiones reaparecieron con el auge de la inteligencia artificial. Una vez más se nos promete una revolución basada en la eficiencia, la productividad y la automatización pero vemos que las decisiones acerca de cómo se utiliza y quién asume sus costos las toman pocas personas.

Las discusiones sobre el futuro del trabajo son un buen ejemplo. Mientras algunos celebran la posibilidad de automatizar tareas, otros aseguran que las advertencias de un inminente apocalipsis en el mundo del empleo no son más que una narrativa para justificar despidos y recortes por otros motivos.

Internet, por su parte, ya tiene la mitad de sus textos escritos por máquinas, a la vez que se multiplican las imágenes, textos y videos producidos sintéticamente para atraer clics o distribuir desinformación, saturando buscadores y redes sociales hasta volver casi imposible la tarea de encontrar qué vale realmente la pena leer, mirar o escuchar.

Sus participantes no proponen destruir servidores o prohibir apps sino que cuestionan una forma de desarrollo tecnológico.

Tal vez por eso el Summer of Ludd despertó tanta atención: sus participantes no proponen destruir servidores o prohibir apps, sino que cuestionan una forma de desarrollo tecnológico que parece avanzar como si las únicas preguntas relevantes fueran las de la ingeniería, dejando en segundo plano las preguntas políticas y sociales.

Es tentador pensar que cada nueva tecnología vuelve obsoletas las discusiones anteriores. La historia parece avanzar de otra manera.

Cambian las máquinas, cambian las empresas y cambian las herramientas, pero persisten las preguntas sobre el trabajo, la autonomía, la concentración del poder y la posibilidad de participar en las decisiones que transforman la vida cotidiana.

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