Shakira reparte alegría en Madrid en un concierto disfrutón al que le faltó calado | Cultura

Shakira reparte alegría en Madrid en un concierto disfrutón al que le faltó calado | Cultura


¿Son billetes los que vuelan sobre el escenario? Shakira acaba de cantar, más bien gritar, el lema de la gira: “¡Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan!”. Ella y 55.000 gargantas impulsan la última canción de la noche, aquel tema que la colombiana firmó con el productor argentino Bizarrap y que todo el mundo conoce como Pa’ tipos como tú. Cañones colocados en los laterales escupen dinero, que llueve sobre la tarima y las primeras filas. La colombiana agarra un billete y lo muestra a la cámara. Sonríe. El concierto apura sus últimos instantes con esta imagen. El dinero, obviamente, es falso. El Macondo de la artista colombiana también respira algo de realismo mágico.

Shakira cumplió la primera de las 12 noches programadas para su residencia madrileña en el Espacio Iberdrola Music, en Villaverde (sur de la capital), en un complejo construido para la ocasión que la estrella denomina Macondo Park, una osada referencia al nombre del lugar donde se desarrolla la inmortal Cien años de soledad, de su paisano Gabriel García Márquez.

Dos horas de chiribitas visuales, un derroche físico colosal por parte de la protagonista, una treintena de canciones para repasar sus tres décadas y media en la música y un público dominado por mujeres que se entregó sin fisuras al disfrute. Fue un espectáculo para gozar de lo lindo, divertido, colorista y emocionante para esas personas que pasaron parte de su adolescencia cantando Pies descalzos, sueños blancos y han vuelto a conectar con el discurso feminista deslenguado y combativo de las últimas composiciones de la estrella. En ese sentido, la gente se marchó con la sensación de amortizar los 120 euros (precio medio) de la entrada.

Pero pudo ofrecer algo más la colombiana. A semejante despliegue le faltó una segunda capa. Más allá de la maquinaria, las pantallas, los éxitos y el alboroto de colorinchis, el concierto apenas se aventuró fuera de los códigos previsibles del gran espectáculo de estadio. Le habría venido bien algo de riesgo, transgresión, una idea capaz de romper el molde y convertir la descomunal producción en algo más que una sucesión impecable de canciones. La protagonista se enfrentaba al acontecimiento más trascendente de su carrera, un momento que quizá no se vuelva a repetir. Ese paso —el que transforma un concierto multitudinario en un acontecimiento artístico perdurable en la memoria— es el que sí supieron dar Bad Bunny en el Metropolitano o Karol G en el Bernabéu, por citar a artistas latinos que también se enfrentaron a retos similares en la capital y dejaron un recuerdo indeleble.

El ambiente no podía ser mejor en el Estadio Shakira, un anfiteatro erigido en los terrenos donde se celebra el festival Mad Cool. Las gradas no se levantan en vertical, como en los campos de fútbol, así que algún sector del público lo vio bastante lejos. Pero dio igual, porque la gente acudió con la jarana metida en el cuerpo. Había chicas (y algún chico) luciendo pelucas moradas como las del vídeo Las de la intuición, unas amigas se habían colocado diademas de orejas de lobo peludas en honor a Loba, muchas banderas colombianas…

Un escenario en forma de T, con una pantalla inmensa y una pasarela que utilizó la estrella casi constantemente, acogió a los 55.000 espectadores, la mitad de ellos sentados (es un decir, porque lo vieron casi siempre de pie) en las gradas.

A las 20:45, Shakira, acompañada por bailarines y niños, avanzó por un pasillo abierto entre el público mientras sonaba una instrumentación percusiva. Iba vestida con un conjunto rosa brillante, chaqueta y pantalón, y gafas del mismo tono. Cuando subió al escenario por unas escaleras, la música paró. La cantante se quedó unos segundos inmóvil en una escenificación que recordó al inicio de los conciertos de la gira de Bad Bunny. Se quitó las gafas y las lanzó a los espectadores. Entonces comenzó a sonar su tema La fuerte, con unos movimientos robóticos por parte de la protagonista.

Estuvo ocurrente con su primer comentario: “La gente me dice: ‘Shakira, con la cara que te fuiste y con la cara que volviste”. Se refería, claro, a su dolorosa ruptura con Gerard Piqué y a sus problemas con la Hacienda española. El tiempo lo cura casi todo y ella estaba eufórica.

A partir de aquí, compuso un recital para el alborozo de todos los públicos, desde niños hasta algunos sesentones que también quisieron vivir la experiencia. A sus 49 años, la de Barranquilla se encuentra en un momento de popularidad que quizá pocos apostaban que lograría después de siete años sin publicar nuevo disco. Pero llegó Las mujeres ya no lloran y el mundo volvió a acordarse de ella, de aquella artista que había despachado 95 millones de ejemplares discográficos, que consiguió el récord de mayor número de premios Grammy Latinos ganados por una artista femenina y que coprotagonizó el espectáculo más impactante (hasta que llegó el de este año de Bad Bunny) del medio tiempo de la Super Bowl junto a Jennifer Lopez.

A Madrid llegó con esos montajes mastodónticos en los que debes vencer tus reservas y realizar un acto de fe para confiar en que los instrumentos los tocan de verdad los tipos que ocupan la tarima, así como que los apoyos vocales pregrabados no sean demasiados. En la segunda canción, Girl Like Me, la estrella ya había cambiado de estilismo (esta vez un vestido fucsia/rosa intenso, corto y muy brillante), una constante a lo largo de la noche. Estos interludios obligados para renovar el vestuario, aunque aderezados con vídeos, cortaron en más de una ocasión el ritmo del espectáculo.

Existe cierta comicidad en el estilo Shakira que se acentúa en estas convocatorias tan masivas, ya de por sí caricaturescas: su timbre nasal que se quiebra precipitadamente en algunas sílabas, las ocurrencias expresivas (ese “auuuuu” en Loba, que aulló a lo bestia el recinto) o algunos versos tipo: “Soy adictiva como el azúcar”, que no parece que vayan a pasar a la historia de la poesía pop, cosa, por otra parte, a lo que ni ella ni sus seguidores aspiran.

Esa Shakira que cantaba en los noventa para las jóvenes de sentimientos encontrados, advierte hoy a las mujeres maduras de que las infidelidades no se perdonan. En las gradas y la pista del recinto se respiró una atmósfera de unión, esa que reclama la colombiana para las mujeres: “Solas, quizás nos pueda herir, pero juntas somos invencibles”. El panorama en la audiencia era bonito: madres abrazadas a sus hijas, amigas cantándose a la cara, niñas con pelucas rubias…

Con un ímpetu contagioso, Shakira mutó de personaje durante la noche con una naturalidad pasmosa: la rockera de Can’t Remember to Forget You (donde tocó la batería), la reguetonera de Te felicito; la popera de Don’t Bother (donde se atrevió a realizar un solo de guitarra, eso sí, bien sencillo); la caribeña de La tortura, la baladista de Acróstico… En este último tema aparecieron sus hijos Milan y Sasha en las pantallas para cantar, como en la versión de estudio. Bueno, el amor de madre puede con todo, hasta con este momento musicalmente algo embarazoso.

Con un sonido bastante bueno, la exhibición de baile de la estrella abruma. Shakira demostró un estado de forma preolímpico: perrea, baila salsa, factura decenas de coreografías junto a su cuerpo de baile, ejecuta danzas africanas y se pega unos exigentes esprins por la pasarela. Tanto baila que algunas veces la voz no encuentra el micrófono y no llega con frescura. Eso, o que su voz no vivía la mejor de sus noches.

En Chantaje se metió en el camerino y se vio en las pantallas de vídeo cómo le atusaban su indómita mata rizada y la vestían mientras ella cantaba, un momento que pretendía naturalidad y consiguió lo contrario. “El amor es muy bonito, pero es más bonito el amor propio”, afirmó antes de interpretar Soltera.

El último trecho lo enfocó para despedirse bien arriba: Te dejo Madrid, que añadió al repertorio como un guiño a la capital; Suerte (Whenever Wherever); sus dos canciones mundialistas (Dai Dai, donde dijo: “España campeona del mundo”, y Waka Waka) y el jolgorio final con Loba (ya se sabe: auuuuu) y BZRP Music Sessions #53 (Pa’ tipos como tú), que cantó con cuatro musculosos bailarines, quien sabe si queriendo enviar un mensaje a su expareja. La gente se marchó feliz; algunos, los privilegiados que consiguen bambolear las caderas con arte, se quedaron al espectáculo carnavalero de la Escuela de Baile de Barranquilla. Ya solo quedan 11 conciertos.

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