Mucho tienen que cambiar las cosas en los dos próximos años para que el segundo mandato de Donald Trump no pase a los libros de Historia como el de mayor deterioro de la democracia en la historia reciente de Estados Unidos. Los principales indicadores de calidad democrática que mide el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional) —de la independencia judicial a la libertad de prensa; de la libertad de expresión a la igualdad económica— han caído a mínimos de medio siglo, cuando comenzó a realizarse este estudio anual, publicado este lunes y basado en indicadores medidos en más de 170 países. En marzo, el Instituto V-Dem, también sueco, descabalgó al país norteamericano de la categoría de democracia liberal plena.
“En algunos aspectos, como la polarización desbocada, el deterioro de la democracia estadounidense viene de antes de Trump. Sin embargo, lo que hemos visto en los últimos dos años ha sido una aceleración demoledora”, subraya por teléfono el secretario general de la organización intergubernamental, Kevin Casas-Zamora. “El ataque a las normas del Estado de derecho ha sido muy agresivo, con un gran fortalecimiento de las capacidades y prerrogativas del Ejecutivo a expensas de todos los contrapesos. Y lo que pasa en EE UU tiene implicaciones globales”, avisa.
El Washington de Trump se ha convertido, en fin, en “el ejemplo más destacado y el principal acelerador de una inquietante tendencia global de erosión y debilitamiento del Estado de derecho”. Un epítome y líder en negativo que “debilita la confianza en el multilateralismo y envalentona a líderes autoritarios” de todas las latitudes. En su mayoría, de corte etnonacionalista.
“Su modelo está siendo replicado por otros dirigentes y países, y tiene un correlato con la ofensiva generalizada contra el derecho internacional: todo forma parte del mismo proceso”, abunda el máximo responsable del ente con sede en Estocolmo, que enmarca esta dinámica en algo mucho más amplio: una “nueva derecha populista que ataca las normas por considerarlas como un muro afrente la voluntad popular que ellos mismos dicen encarnar. Y que busca emascular todos los controles sobre el poder político: se ha visto con [Viktor] Orbán y se ve con Trump o con [Nayib] Bukele, entre otros muchos casos”.
A siete semanas de las elecciones legislativas de mitad de mandato, con las dos Cámaras del Congreso estadounidense en liza y pésimas perspectivas para los candidatos designados por el magnate, Casas-Zamora cree que se “dan las condiciones” para que los comicios sean “libres y justos”. Ve, sin embargo, “menos claro” que Trump acepte los resultados. “El Partido Republicano ha dejado de ser incondicionalmente leal al juego democrático: condiciona su lealtad al sistema democrático a que los resultados le sean favorables. Y eso es un problemón, de los más complejos que puede tener una democracia”.
Tendencia mundial
El deterioro democrático en el mundo es, con todo, un fenómeno global de onda larga, no exclusivo de la ola etnonacionalista. En 2025, por 11º año consecutivo, hay más países que ven su democracia deteriorada que aquellos en los que mejora.
En el último lustro, seis de cada diez naciones registraron retrocesos en al menos uno de los cuatro indicadores clave de desempeño democrático: representación, derechos, Estado de derecho y participación. En las tres primeras, el retroceso es “generalizado”. Pero el Estado de derecho es, de largo, el pilar que más sufre.
Hay más. La independencia judicial está, a escala global, en su nivel más bajo en 36 años. Y tanto la celebración de “elecciones íntegras y confiables” como el acceso a la justicia y la libertad de expresión y de prensa, en mínimos de tres décadas.
Lo llamativo del caso de Estados Unidos es, para Casas-Zamora, “lo rápido que está siendo el proceso de destrucción de muchas de las bases de la democracia”. “Y eso, lo que quiere decir, es que las muchas instituciones [que la sustentan] venían ya previamente muy debilitadas. Con una excepción muy significativa: los jueces, no tanto los de la Corte Suprema sino los de niveles bajos”.
En última instancia, más que las normas en sí, lo que sostiene a una democracia es la voluntad de los poderes políticos de respetarlas. “Esa autocontención es fundamental”, cierra el secretario general de IDEA Internacional, fundada en 1995 por 14 países de América, Europa y África. “Y lo que estamos viendo en la Casa Blanca es exactamente lo contrario: una voluntad constante de subvertirlas”.









