No está demostrado que la cara sea el espejo del alma, pero cada vez hay más estudios que indican que sí puede reflejar el estado de salud. Algunos esbozan que aparentar menos edad de la que se tiene está asociado con una mayor longevidad. Un nuevo trabajo publicado en The Lancet Digital Health va en esta línea mediante un ingente análisis elaborado con inteligencia artificial, que es capaz de extraer de una fotografía facial señales vinculadas tanto con la edad como con la supervivencia de pacientes con cáncer.
Para sus conclusiones, los investigadores entrenaron al sistema con más de 40 millones de imágenes de rostros y desarrollaron dos herramientas a partir de este análisis. La primera estima la edad. La segunda ordena a pacientes oncológicos según su riesgo de muerte. Por el momento, se trata de un modelo preliminar que tiene todavía un largo recorrido hasta que muestre una verdadera utilidad clínica.
El sistema que estima la edad, bautizado como FAHR-FaceAge, recibió 743.152 retratos cuya edad real conocían. Después, fue sometida a una prueba con fotografías distintas, que no había visto antes. Al calcular la edad de una persona, se equivocó por una media de 5,1 años. Cuando los investigadores aplicaron este método a 4.892 pacientes tratados con radioterapia, la diferencia media aumentó hasta casi siete años. Este decalaje es el que los autores interpretan como una señal de envejecimiento biológico: si la IA atribuye a una persona 70 años y en realidad tiene 60, concluyen que su edad biológica es 10 años superior a la cronológica, por lo que puede haber un envejecimiento acelerado.
La segunda parte del estudio encuentra una asociación entre esta diferencia y la supervivencia entre 38.183 pacientes de cáncer tratados con radioterapia. Quienes aparentaban al menos cinco años más de los que realmente tenían, presentaban un 21% más de riesgo de muerte que el resto.
En un segundo algoritmo, FAHR-FaceSurvival, los investigadores entrenaron al sistema con 34.363 fotografías de pacientes con cáncer y sus datos de supervivencia. El cuartil clasificado con mayor riesgo tuvo más del triple de mortalidad que el de menor riesgo, después de ajustar por variables como edad, sexo, tipo de cáncer, intención del tratamiento o técnica de radioterapia.
Raymond Mak, oncólogo radioterápico de Mass General Brigham y uno de los autores principales, plantea una eventual aplicación en pacientes mayores o frágiles antes de indicar tratamientos intensivos: “Nuestro objetivo es hacer más cuantitativa, consistente y escalable la evaluación de la salud a partir de una fotografía, de forma que apoye decisiones personalizadas, no que sustituya el juicio médico”.
Los autores comprobaron que su cálculo de edad apenas variaba con el maquillaje, la iluminación, la expresión facial o el ángulo de la foto. También observaron que el modelo de edad se fija sobre todo en los pliegues nasolabiales, la frente y las sienes, mientras que el de supervivencia presta más atención a la zona bajo los ojos y al puente nasal.
Lo que no ofrecen esas observaciones es la explicación biológica que subyace a esa diferencia entre la edad cronológica y la facial. “Que estemos prediciendo supervivencia no es suficiente para validar una medida de envejecimiento”, advierte Leonor Cerdá Alberich, corresponsable del Grupo de Investigación Biomédica en Imagen del Instituto de Investigación Sanitaria La Fe.
“Tendríamos que comprobar que esa diferencia se relaciona con indicadores conocidos en la literatura de envejecimiento fisiológico, con covariables como enfermedades o factores que contribuyen a la apariencia. La asociación con la mortalidad está ahí, pero no sabemos por qué. Queda en el aire si responde a una señal biológica específica, a enfermedad, a hábitos o a una mezcla de todo”, continúa.
Para despejarlo, habría que contrastar el cálculo facial con los biomarcadores que ya se emplean para medir la edad biológica, como los relojes epigenéticos basados en cambios químicos del ADN, los marcadores inflamatorios, la función inmunitaria, la fuerza muscular o la capacidad cardiorrespiratoria.
Manel Esteller, investigador ICREA y jefe del Grupo de Epigenética del Cáncer del Instituto de Investigación Sant Pau, también cree que para que los pronósticos que apunta el estudio se den por buenos harán falta “muchos estudios posteriores confirmatorios”, aunque recuerda que los médicos han usado siempre la cara como una primera fuente de información clínica: “Un tono más amarillo puede reflejar una afección hepática; unos párpados muy hinchados, un problema renal. Ese proceso artesanal, con la irrupción de la inteligencia artificial, ha dado un salto de varias magnitudes”.
Existen en la literatura ya varios estudios con conclusiones similares a las descritas. El grupo de Esteller publicó en 2022 un estudio que mostraba que personas con caras similares (gemelos virtuales) presentaban genomas similares, lo que sugería la existencia de una relación entre los rasgos faciales y la predisposición genética a padecer enfermedades. Pero de ahí a detectar patrones y convertirlos en una prueba clínica fiable hay un trecho.
Cerdá considera que el principal mérito del nuevo trabajo está en su escala: “Es una primera piedra y aporta evidencia prometedora sobre el valor pronóstico de la información facial. Podemos pensar que una foto podría ser útil porque se asocia con mortalidad o supervivencia. Pero falta saber cómo interpretamos esa señal y qué aporta más allá de lo que ya conocemos”.
Para aplicar este modelo a la vida real, continúa la investigadora, habría que contrastar lo que dice el modelo frente a lo que ya aportan las guías clínicas que organizan la atención oncológica basándose en el estadio del tumor, las características histológicas y genéticas, estado funcional del paciente, comorbilidades, analíticas o respuesta a tratamientos previos.
“En oncología, no basta con saber que una variable está relacionada con la supervivencia. La pregunta es qué ganancia diagnóstica ofrece cuando se añade a lo que ya se utiliza. Habría que construir un modelo con edad, genética, histología y todas las variables clínicas de las guías, añadir la información de la imagen y comprobar si mejora un 5%, un 10% o nada. El estudio no aborda esa comparación”, critica Cerdá.
Los propios autores reconocen esta carencia en el artículo y reclaman ensayos prospectivos que prueben las herramientas junto a los modelos pronósticos estándar. También señalan como limitación que sus cohortes proceden fundamentalmente de países de renta alta, que hay grupos raciales infrarrepresentados y que persiste el riesgo de sesgos demográficos.
En cualquier caso, el estudio supone un avance para usar el rostro como medidor de salud y supervivencia. Nunca se pudo comprobar algo similar con las bondades del alma: los intentos de relacionar el aspecto de la cara o la forma del cráneo con virtudes (o defectos) morales se han demostrado patrañas pseudocientíficas.










