La tanatóloga tiene dos mujeres muertas a sus pies y una hija que grita, desgarrada, por su mamá. Uno de los cadáveres lleva más de una hora al sol, cubierto con sábanas y cobijas. Le han echado cal por encima para que huela un poco menos. Por fin se los van a llevar en una camioneta, pero hay que escribir sus nombres y el número de su cédula para que no sean solo unas bolsas blancas. Otras más. “¿Alguien tiene un papel? ¿Algo para escribir? ¿¡Alguien!?”, grita desesperada. En la peor tragedia de Venezuela del último siglo faltan hasta etiquetas y rotuladores para ponerle nombre a los muertos.










