Cómo hacer feliz a 47 millones de personas en trece minutos, otra clase de la Scaloneta. El partido por los octavos de final del Mundial que jugaban en la tarde de este martes Argentina y Egipto en Atlanta, Estados Unidos, se hizo cuesta arriba desde el primer tiempo hasta los 80 minutos: la Selección quedaba afuera, pero tras un cabezazo de Cuti Romero y una patriada de Messi empató el partido. Ya en tiempo de adición del segundo tiempo, un cabezazo de Enzo Fernández puso el 3 a 2 definitivo y en la Ciudad de Buenos Aires se llenaron las gargantas de alegría.
«Oíd, mortales, el grito sagrado». Así empieza el himno argentino, y así terminó la gesta épica de la selección argentina de este martes; y terminó sobre la hora, con el gustito extra que eso conlleva. Si en el himno el grito sagrado es ¡Libertad, libertad, libertad!, luego del gol de Enzo Fernández, a los 47 del segundo tiempo, el grito sagrado que colmó las voces en todo el país fue ¡Gol, gol, gol!
¡Como si fuera para poco! La ilusión del plantel de la Scaloneta y de todos los argentinos, la de honrar el último Mundial de Lionel Messi, empezó la tarde en Atlanta con un tropiezo, con el gol de Egipto a los 14 minutos del primer tiempo. Siguió con más tropiezos: el penal que el arquero egipcio atajó al 10, las pelotas que también les tapó a Alexis Mac Allister y Julián Álvarez. Y luego fue incertidumbre, porque los Faraones se replegaban en el fondo y salían de contra, y así encajaron dos goles más: uno invalidado por el VAR, por falta previa, y otro que marcó el 2 a 0 para Egipto.
El partido parecía cosa juzgada a los 33 del complemento. Messi ocupó el lugar del 7, escorado sobre la derecha de la cancha, y ahí se gestó el milagro. Centro al Cuti Romero, gol. Otro centro y, carambola mediante, le quedó boyando para él mismo: bombazo de Messi y empate infartante.
Egipto de contra seguía siendo peligrosísimo: a los pocos segundos del minuto 90, barrida providencial de Leandro Paredes cuando eran cuatro egipcios contra él y Dibu Martínez, que esperaba sólo detrás. Esa jugada, que en la cancha se podría haber celebrado como un gol, se transformó en grito un minuto y medio más tarde.
Mientras, tanto en las gradas de Atlanta y en Buenos Aires, como en cada rincón de la Argentina, la tensión era tanta que lo que reinaba era el silencio. El partido pendía de un hilo: los siete minutos de adición que el árbitro francés Letexier dictó que el partido podían decantar para un lado o para otro.
Quedó a cargo de Enzo Fernández, con un cabezazo impecable, aliviador y hasta estético, hacer que esa tensión y ese silencio se cortaran. Tras una recuperación quirúrgica de Julián Álvarez en área argentina, la jugada siguió hacia un pase en carrera a Lautaro Martínez que, con una pausa mediante, metió un centro teledirigido a Fernández. El resto fue un grito unánime aunque escalonado en las calles porteñas.
El delay de las televisiones sólo imprimió notas corales al grito de gol argentino, el del pase a cuartos. Los propios videos dan cuenta de la tensión liberada: las calles vacías, con poquísimas personas trajinando por las calles durante tan importante asunto (el posible último partido de Messi en un Mundial), y la atención en Atlanta.
Con segundos de diferencia, fueron creciendo desde el suelo del silencio hacia el cielo de la alegría los gritos de gol. También las bocinas, las cornetas. Y, por supuesto, la ilusión, de que haya más motivos para festejar en el último Mundial de Messi: el sábado contra Suiza, la siguiente prueba.










