Casi a la medianoche del 9 de junio, hace casi 70 años, el escritor y periodista Rodolfo Walsh departía con otros parroquianos en un bar de La Plata, al que frecuentaba por su afición al ajedrez. Aunque ya había tenido su militancia política –en la Alianza Libertadora Nacionalista, una formación de ultraderecha, a mediados de los 40– ahora estaba alejado. La política no despertaba su interés y comenzaba a destacarse como escritor y periodista. La rebelión del general peronista Juan José Valle frente al gobierno surgido de la Revolución Libertadora del 55 fue sofocada esa misma noche. Y el fusilamiento inmediato de siete de los doce civiles detenidos en los basurales de José León Suárez todavía no había sacudido a Walsh. Pasarían varios meses hasta que, durante otra noche y en el mismo bar, alguien le susurró a Walsh la frase que cambiaría la historia: “Hay un fusilado que vive”.
Cambiaría la historia del propio Walsh, la del periodismo de investigación y hasta la de un género literario del último medio siglo en la Argentina.
Hay otra curiosa anécdota, que reveló Aníbal Ford varias décadas después, alrededor de los orígenes de Operación Masacre: “En 1973 llevamos a Walsh a la facultad, en la UBA. Allí una alumna le preguntó: ‘Dígame, Walsh, ¿qué ideales lo llevaron a escribir Operación Masacre?’. Y el escritor le respondió: ‘Yo quería ser famoso, ganar el Pulitzer y tener dinero’”.
Una ironía
Pero, a la vista de lo sucedido, sólo se puede interpretar como una ironía. La realidad es que Walsh, desde la investigación hasta la edición final, concretó una obra maestra y que muchos consideran la instalación de la “novela de no ficción” en la literatura argentina y un anticipo de lo que A sangre fría de Capote significó pocos años después a escala internacional. Fue un género, el que armonizaba la investigación y la edición de “novela de no ficción”, al que Walsh aportaría otros dos libros notables, mientras no dejaba su tarea periodística ni, más adelante, su militancia política: ¿Quién mató a Rosendo? (1968) y El caso Satanowski (1973).
Hinde Pomeraniec escribió en Clarín (2002) que “Walsh es el cronista de guerra de la Argentina furiosa del siglo XX. Su trabajoso viaje por la historia política del país se traduce en sus ensayos y en sus investigaciones. Una de ellas, Operación Masacre, es ya un nombre propio dentro de la literatura argentina. Allí el narrador comienza, de modo casual, a investigar la masacre de militantes peronistas de 1956. Con su épica del periodista en busca de la verdad, Walsh logró una novela extraordinaria por el vértigo de su narración, por su estructura y por su lenguaje. Y creó un eslabón clave en la memoria de un país”.
El propio Walsh hizo un análisis académico por esos años cuando, en una entrevista en Primera Plana, afirmó: “Yo elijo el tema, pero también él me elige a mí. Hay un sentimiento básico de indignación, de solidaridad frente a tanta injusticia. Pero supongo que no todo fue tan noble y tan claro. Yo recién empezaba a hacer periodismo y no es extraño que influyera en mí la posibilidad de una gran nota”.
En la misma revista, influyente en los años 60, definen a Operación Masacre como “un trabajo periodístico acabado, con todos los ingredientes de la profesión: primicia, estilo, investigación, denuncia”. Y Walsh recordó en la misma entrevista que “básicamente, en aquel momento me movía la bronca. La fantasía de la gran nota duró lo que tardé en llegar a las redacciones y ofrecerla. Entre otras, fui a la revista Qué. Me atendió Dardo Cúneo, presidente de la SADE. ‘Qué barbaridad, qué brutalidad, el tiempo del desprecio’, se lamentó Cúneo. Pero se quedó en eso”.
A medida que avanzaba su investigación sobre los fusilamientos de José León Suárez, Walsh consiguió publicar sus notas en la Revista Nacional; era el embrión de un libro que tendría constantes modificaciones hasta su edición final. La segunda serie sobre los fusilamientos apareció en Mayoría, en la misma época en la que Walsh mantenía su producción periodística en Leoplán. Allí firmaba como Daniel Hernández.
Entre ficción y política
Ricardo Piglia, autor de otra conocida entrevista con Walsh en los 70 para la revista Adán y, más adelante, presentador de la reedición de Operación Masacre en Editorial De la Flor, definió que este libro “replantea la polémica entre ficción y política, subyacente en la mejor literatura argentina (Sarmiento, Mansilla), con la cual se entronca”.
Y el investigador Diego Bentivegna (Radar, 2000) sostuvo que “hoy por hoy la escritura de Walsh constituye un evidente punto de referencia para las nuevas letras argentinas, un territorio complejo en el que se problematizan ciertos núcleos fuertes (ficción/realidad, arte/cultura, literatura/política/arte/medios) que atraviesan la literatura nacional. Más que un modelo estandarizado aplicable a cualquier situación imaginable, la escritura en Walsh es un modo de ubicarse en la literatura o de entender la posición del escritor y su oficio que en muchos puntos ha permanecido ininteligible a los ojos de una concepción de la literatura que el propio Walsh ha contribuido a poner definitivamente en cuestión. El desgarro más profundo que exponen sus relatos surge del contacto entre la escritura ficcional y la representación directa, sin mediaciones, de lo real”.
A partir de aquella revelación, y del vínculo con el sobreviviente Juan Carlos Livraga, Walsh construye su obra, con la colaboración fundamental de Enriqueta Muñiz. Describe su encuentro con Livraga, quien llega con las huellas del ataque: un agujero en la mejilla, otro más grande en la garganta y la boca quebrada. “En sus ojos opacos –escribía Walsh– ha quedado flotando una sombra de muerte”.
Rodolfo Walsh, autor de «Operación Masacre » y «¿Quién mató a Rosendo?». Foto: archivo Clarín.Además de su rigurosa descripción –cronología, reconstrucción de las comunicaciones, protagonistas, crueldad– y del ritmo de los textos, Walsh aporta allí uno de los hechos claves: el horario. Las detenciones en la casa de Florida sucedieron a las 23.30 del sábado 9 de junio de 1956. Pero la ley marcial recién entró en vigencia a las 0.40 de la madrugada siguiente. Lo que esto significaba era que, como determinó Walsh, “fue un asesinato”.
En el basural de José León Suárez habían muerto Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Carlos Lizaso y Mario Brión. Pero había siete “fusilados” que vivían: Walsh y Enriqueta Muñiz los encontraron.
Visitan varias veces el sitio trágico para comprobar el relato de Di Chiano, uno de los sobrevivientes. “Era fascinante, algo digno de un cuento de Chesterton –apuntó Walsh–. No era un solo árbol sino el ramaje de varios, cortado por una ondulación del terreno que producía esa ilusión óptica. Era más que un detalle, era una prueba de que Di Chiano había estado ahí, tirado en el piso, el único lugar desde el que se observa el espejismo”.
José Fernández Vega (El Cronista, 1997) señala que “como Sartre declaró de sí mismo en una oportunidad, Walsh tampoco estaba ‘hecho para la política’, pero el encuentro con ésta lo transformó tanto que ya no pudo abandonarla. Operación Masacre, una serie de notas de investigación editadas como libro en 1957, es el testimonio de aquel encuentro. Este libro es la implacable demostración de unos crímenes de Estado perpetrados por el gobierno que derrocó a Perón en 1955. Y es aun algo más: un texto que revoluciona las relaciones entre política y literatura en la Argentina. En efecto, Operación Masacre retoma el impulso manifiesto que la literatura nacional había alcanzado en el siglo anterior, pero reformulando sus procedimientos literarios pues, para procesar la realidad, incorpora técnicas y perspectivas tomadas del género policial. De este modo, un joven que intentaba dar forma a su investigación del fusilamiento ilegal de unos civiles en un basural bonaerense, “inventó” lo que a partir de Truman Capote se denominó ‘novela de no ficción’, un género entre literario y periodístico que hoy inunda las librerías. Está de más, pero a pesar de su impacto periodístico inicial, los valores literarios de Operación Masacre pasaron desapercibidos hasta varios lustros después de su aparición”.
Vocación por la lectura
Al momento de la publicación de Operación Masacre, Walsh comenzaba a afianzarse como periodista. De familia de ascendencia irlandesa, había nacido en Choele Choel (Río Negro) el 9 de enero de 1927. “Mi padre era mayordomo de estancia en sus mejores épocas, en otras buscaba trabajo en el puerto”, contó. La vocación por la lectura le surgió de parte de su madre y, más adelante, estudió en un colegio religioso destinado a su comunidad, donde iba a descubrir los textos de Hemingway, Melville y Faulkner. Justamente iba a ambientar en aquel escenario sus cuentos irlandeses: Los oficios terrestres, Un oscuro día de justicia, Irlandeses detrás de un gato. Concluyó el bachillerato en Buenos Aires y cursó Filosofía, pero dejó rápidamente para abordar múltiples oficios: empleado de un frigorífico, lavacopas, vendedor de antigüedades, criptógrafo, limpiador de ventanas y obrero.
La afición periodística arranca de joven, cuando trabajaba en la editorial Hachette.
Al mismo tiempo surge el escritor que se destaca en 1953 con la publicación de Variaciones en rojo, donde el protagonista es Daniel Hernández, un corrector vocacional e investigador profesional. En realidad, el Walsh de ficción: miope, tímido, de frágil apariencia.
Hasta entonces, su aproximación a la política se limitaba a aquel paso por el nacionalismo de derecha y luego, a votar a la oposición al peronismo en las sucesivas elecciones.
Los sucesos que provocan Operación Masacre, la investigación y la edición del libro producen el giro de Walsh. En su vida y en sus ideales políticos.
“Decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía”, escribió en uno de sus textos autobiográficos. “Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso”.
Alan Pauls describió aquel momento: “Corre 1956, época dura para los peronistas, pero no para Walsh, que tiene 29 años y pocas urgencias. Escribe cuentos policiales, lee literatura fantástica, planea una “novela seria”, juega al ajedrez. Hace que una noche asfixiante de verano, seis meses después del alzamiento fallido de Valle y la carnicería de José León Suárez, alguien le dice: ‘Hay un fusilado que vive’. No es, pues, exactamente “la realidad”, como se dice a menudo, lo que lo arranca de su confortable ecosistema pequeñoburgués y lo arroja a la arena de una sociedad irrigada por la violencia; es más bien esa frase descabellada, cien por ciento literaria, digna de Poe o de Lovecraft, que toma el libro por asalto y empieza a multiplicarse en una extraña legión de espectros fantásticos. (…) Walsh, que está afuera porque no es peronista, es el que denuncia. En 1956 Walsh ya es el muerto que habla que será en 1976”.
Para Daniel Link, uno de los mayores estudiosos de la obra de Walsh, “hasta entonces, hasta la época de la Revolución Libertadora de 1955, Walsh era un escritor de cuentos policiales más o menos satisfecho de sí mismo. La revolución de Valle, que termina trágicamente con los fusilamientos de José León Suárez, le demuestra que su pasión por los códigos y los sistemas formales debía ponerse al servicio de otra cosa y que no se puede ser antiperonista en un país que asesina ilegalmente a militantes peronistas. 1956 es el encuentro de Walsh con su destino literario y político”.
El periodista Rodolfo Walsh. Foto: archivo Clarín.Intelectualidad de izquierda
Walsh se une a la intelectualidad de izquierda que abraza la Revolución Cubana y, más aún, es un militante decidido que participa en la agencia Prensa Latina desde La Habana. Casi en simultáneo inicia su relación con el peronismo y, más adelante, al volver, retomaría sus andanzas periodísticas dirigiendo el diario de la CGT de los Argentinos (bajo la conducción del gráfico Raymundo Ongaro era el sector combativo, diferenciado de la CGT negociadora, la de los gremios poderosos). Aquel vínculo tendría una derivación hacia las organizaciones armadas: las FAP primero y Montoneros después, donde ocupó el más alto grado en la Inteligencia. Pero esa derivación sería trágica.
Como una (cruel) parábola de la historia, Walsh sería el protagonista de tragedias que él mismo había anticipado, pero cuya dimensión muy pocos imaginaron.
Fernando Iglesias –exdiputado del macrismo, actual funcionario y un hombre en las antípodas ideológicas de Walsh– escribió hace dos décadas en Perfil un texto que aborda esa cuestión: “El de Rodolfo Walsh es uno de los mejores ejemplos de cómo algunas muertes son capaces de reescribir una vida. Su asesinato, el 25 de marzo de 1977, apenas un día después de publicar su Carta Abierta a la Junta Militar, ha congelado su imagen, reducido las dimensiones de su existencia a las de la militancia política y ocultado el drama de su transformación en dirigente montonero. Hoy la relectura de su mejor obra, Operación Masacre, muestra el abismo entre el Walsh que la escribió en los 50 y el montonero de los 70 y echa luz sobre la conversión de una generación de argentinos al sectarismo terrorista”.
Más allá de aquellas diferencias políticas, Iglesias resalta la obra: “Operación Masacre merece un lugar en la historia argentina no sólo por sus méritos literarios sino por su carácter profético: la descripción anticipada de lo que sucedería a partir del 24 de marzo de 1976, particularmente asombrosa si se considera que fue efectuada por una de las futuras víctimas”. Y destaca: “Ya en el libro de 1957 están presentes el robo a los detenidos, la complicidad de la población con la matanza, la desorganización que transforma una ejecución en una carnicería, el doloroso peregrinar de los familiares en busca de verdad y justicia, los infames calabozos y cuchitriles, la obediencia debida, los abogados heroicos y sus infructuosos hábeas corpus, los fusilamientos disfrazados de enfrentamientos, las desapariciones, la tortura y el sarcasmo de los torturadores, el uso ilegal de las fuerzas de seguridad. Y sobre todo, el uso de los símbolos nacionales para justificar un espantoso crimen: ‘En nombre de la República Argentina se cometió una atrocidad’. Concluye: “Todo este sistema invertido de valores se constituye como contenido central de la acción del Estado. Estaba allí ya en el 56 y se reiteraría 20 años más tarde a escala monumental, en una repetición de la historia que esta vez no iría de la tragedia a la comedia sino al infierno. Y Walsh, su denunciante, sería una de las víctimas”.
Imágenes del libro Diario de Operación Masacre de Enriqueta Muñiz. Foto: archivo Clarín.Miguel Bonasso, quien compartió profesión y militancia en aquella última década de Walsh, también alude a la parábola: “En 1976, con una conciencia comprometida pero muy lúcida, Walsh entendió antes que muchos militantes los errores trágicos que estaba cometiendo la conducción montonera. Lo advirtió a través de informes críticos que presentó a la conducción, que fueron censurados por la dirección de Montoneros y recién se difundieron tres años más tarde en el exilio. Allí decía que Montoneros corría el peligro de no ser nunca una vanguardia, sino una patrulla perdida (…) Con esa conciencia decidió quedarse en el país, precisamente cuando la conducción había decidido sacar a un grupo de cuadros del país. Yo tenía que convencerlo a Rodolfo de que saliera de la Argentina. Pese a todos mis esfuerzos, no lo conseguí”.
Carta a la Junta Militar
Walsh se había instalado con su mujer Lilia bajo nombres falsos en una casa de San Vicente y desde allí difundía los artículos de la Agencia Clandestina de Noticias. El 24 de marzo de 1977, a un año del golpe militar, editó su famosa y contundente Carta a la Junta Militar. Un día después, entre las 13.30 y las 16, cuando se dirigía a una cita, fue emboscado por un Grupo de Tareas de la Armada cuando caminaba por San Juan y Entre Ríos. Iba disfrazado de jubilado con una cédula con el falso nombre de Norberto Freire, el mismo documento que usó en su investigación de los fusilamientos del 56. El grupo era comandado por el entonces capitán Alfredo Astiz; querían secuestrarlo y llevarlo a la ESMA como una de sus presas más codiciadas. Walsh, con una pequeña pistola Walter PPI calibre 22, los enfrentó a tiros y murió acribillado.
Muchas décadas después, exactamente en 2012, Astiz y otros cinco integrantes del GT fueron condenados a prisión por el Tribunal Oral Federal N° 5. Este afirmó que “un grupo integrado por entre 25 y 30 personas comenzó a dispararle hasta que la víctima se desplomó en la avenida San Juan entre Combate de los Pozos y Entre Ríos”.
David Viñas había sintetizado mucho antes: “Si Federico García Lorca, por su obra y por su muerte ordenada por el fascismo, sintetiza la generación española de 1927, Rodolfo Walsh, por su producción literaria y por su final trágico ejecutado por el fascismo local, condensa esencialmente los comunes denominadores de la generación de los 60”.
Rodolfo Walsh en la librería Jorge Alvarez (1962). Foto: archivo Clarín.Y como texto más alusivo para su parábola, recupera el prólogo de Walsh en Operación Masacre: “La historia me salpicó con la violencia de su drama y de su sangre las paredes del café donde adentro yo estaba jugando al ajedrez”.
Pero más allá de alguna similitud –Lorca fue asesinado por los falangistas hace 90 años en un paraje vecino a Granada, Walsh por un grupo de tareas, los cuerpos nunca aparecieron– el vínculo es escaso. A diferencia del gran poeta andaluz, Walsh decidió involucrarse en el combate político y en la lucha armada. Un signo de una Argentina trágica que se llevó primero a su hija y, poco después, a él.










