Dos goles no curan el desencanto del Bernabéu con el Real Madrid | Fútbol | Deportes

Dos goles no curan el desencanto del Bernabéu con el Real Madrid | Fútbol | Deportes


La noche del gran descontento del Bernabéu, después de que el Real Madrid perdiera la Liga en el Camp Nou, después de la pelea de Tchouameni y Valverde, y de la explosión de enfado de Florentino Pérez en la sala de prensa con la que abrió un sorpresivo proceso electoral; esa noche triste en la que recibían a un Real Oviedo recién descendido, alcanzó el culmen que resume el sentimiento de fin del mundo cuando Kylian Mbappé, el futbolista mejor pagado, el que había sido el más deseado, entró al campo después de una hora bajo una pitada ensordecedora. Salió el francés y se fue Gonzalo, el canterano que había despejado con su gol las dudas que empezaban a brotar de si no serían capaces ya ni de ganar a un equipo ya en Segunda. Lo consiguieron con ese tanto y con otro de Bellingham cerca del final. Pero no diluyeron el sentir general de desamparo y decepción.

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Thibaut Courtois, Trent Alexander-Arnold (Dani Carvajal, min. 63), Raúl Asencio, Álvaro Carreras, David Alaba, Aurélien Tchouaméni (Jude Bellingham, min. 63), Brahim Díaz (César Palacios, min. 76), Eduardo Camavinga, Franco Mastantuono (Daniel Yáñez, min. 76), Vinícius Júnior y Gonzalo García (Kylian Mbappé, min. 68)

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Aarón Escandell, Eric Bailly, Nacho Vidal (Lucas Ahijado, min. 78), Rahim Alhassane, David Costas, Alberto Reina, Santiago Colombatto, Nicolás Fonseca (Pablo Agudín, min. 78), Ilyas Chaira (Santi Cazorla, min. 54), Thiago Fernández (Haissem Hassan, min. 68) y Federico Viñas

Goles
1-0 min. 43: Gonzalo . 2-0 min. 79: Bellingham

No han pasado ni nueve meses desde que el Madrid y el Oviedo se vieron la primera vez a finales de agosto en el Tartiere, pero parecía que un mundo había sustituido a otro. Y era bastante más triste. En aquel verano ya tan remoto, Oviedo vibraba con la ilusión pura y desbordante de regresar a Primera tras casi un cuarto de siglo de lamentos. Estaban de vuelta y el goce resultaba deslumbrante. En aquel verano remoto, el Madrid también estrenaba una vida con Xabi Alonso a los mandos y Vinicius en el banquillo. Por la izquierda empezó aquella noche Rodrygo, ahora con la rodilla en los talleres. Comenzaban algo incierto que apuntaba hechuras de sólido control. También empezaban los descontentos de Vinicius.

Y aquí estaban de nuevo, ni siquiera nueve meses más tarde, y todo lo que podía haber salido bien había salido rematadamente mal. Se presentaron en el Bernabéu justo después de certificar que se habían quedado sin nada. Uno con el zurrón de títulos vacío, el otro haciéndose ya a la idea de volver a habitar en Segunda. El Oviedo se despedía del Bernabéu durante otra época, quién sabe cómo de larga. No estaban para verlo ni Xabi ni Paunovic, los entrenadores de agosto. Tampoco Luis Carrión, que sustituyó al serbio cuando los asturianos vivían aún fuera del descenso.

Parecía que habían transcurrido siglos. En el Madrid, el tiempo se aceleró aún más con la inolvidable rueda de prensa de Florentino Pérez, la convocatoria de elecciones y las primeras señales de que al presidente le había salido un incipiente opositor, el empresario Enrique Riquelme, que voló desde México, donde tiene negocios, para acudir al partido.

Concurrían muchos que parecían estar despidiéndose de algo, bajo el descontento del público: silbidos a Mbappé y Vinicius desde la presentación, fugaces pancartas contra el presidente y murmullo creciente. El Oviedo veía evaporarse su logro, Cazorla pisaba por última vez el Bernabéu y Carvajal tal vez por penúltima ocasión. Ambos comenzaron en el banco y sintieron cariño cuando asomaron a calentar en la banda. La ovación general a Cazorla fue uno de los escasos instantes felices de una función melancólica. Como la que recibió Carvajal unos minutos más tarde.

El Oviedo, el que más había perdido ya, se la tomó con más entusiasmo que el Madrid, un grupo cansado de sí mismo y de lo que aún le resta. El equipo de Almada se presentó en la capital como si no acarreara una desilusión insondable. Cataban poco el balón, pero lo administraban con intensidad y sentido, ordenados en la salida alrededor de Reina y Colombatto y acelerados luego por Thiago e Ilyas. Así pisaron con vértigo el área de Courtois, aunque Nacho Vidal no acertó a embocar. Ni en la primera ni en la segunda parte.

El resto del tiempo se imponía el aplomo del Madrid, suficiente para controlar partidos incluso en estas citas en las que exhibe esa especie de jerarquía desganada suya. Tchoaumeni y Camavinga tocaban y tocaban, situados en el centro de una coreografía llamativamente estática. Como en el domingo en el Camp Nou, cuando se les iba la Liga, apenas se rebelaba Brahim, que vive a otra velocidad y enlaza regates como un patinador, siempre hacia delante. Vinicius no encontraba el punto de afinación, no fluía, no escapaba, y seguía acumulando tímidos silbidos en cada intervención.

Como Brahim, también logró conservar su mundo Gonzalo. En agosto llegaba de ser pichichi en el Mundial de Clubes y desde entonces casi desapareció, arrumbado en la despensa. Pero recibió una pelota en el área, se giró y acertó en la red: tal vez la única sonrisa completa en la triste noche del Bernabéu. Bellingham marcó, pero más que celebrar pareció pedir perdón. Y así ganó el Madrid a un Oviedo que ya se ha ido, a la espera de que acabe esto para que vuelva a empezar todo otra vez.

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