Brasil, el país más poblado, rico e influyente de Latinoamérica y una pieza clave en el rompecabezas del tablero geopolítico regional y global concurre este domingo a las urnas en una elección con pronóstico apretadísimo en las encuestas, en la que está en juego mucho más que el nombre de quién ocupará en los próximos cuatro años el Palacio del Planalto.
El actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro dirimirán no sólo quién jurará su cargo en Brasilia el 1° de enero de 2027, sino también el perfil político y económico y el posicionamiento estratégico de esta nación de más de 220 millones de habitantes frente al convulsionado escenario internacional de hoy.
“Brasil no afronta unas elecciones normales: podrían suponer el fin de la democracia, la instauración del fascismo y la muerte de muchos”, escribió en estos días la galardonada periodista Eliane Brum, en una de sus periódicas columnas publicadas por el diario español El País. Uno de los focos de su advertencia apuntó al futuro de la Amazonia, que considera en peligro cierto y grave si el mayor de los hijos de Jair Bolsonaro ratifica en segunda vuelta su victoria del primer turno y llega al poder.
Fuera de Brasil, la expectativa no es menor y cada quien apuesta sus fichas según intereses que traspasan las fronteras de este país continente y entrañan una explícita injerencia. A veces con una actuación verborrágica y ofensiva, como la irrupción proselitista del presidente argentino, Javier Milei, en apoyo al abanderado del clan Bolsonaro. En otras ocasiones, con las más sutiles pero no menos evidentes formas de intervención con que Estados Unidos quiere quedarse con la figurita más difícil del nuevo álbum del “patio trasero”, pergeñado por Donald Trump y su séquito y convalidado por una docena de gobernantes aduladores y obsecuentes en el “Escudo de las Américas”.
Por cuestiones como las que se acaban de apuntar, la puja de este fin de semana no se circunscribe simplemente a dos personas y lo que han venido prometiendo en estos meses de campaña con diversas estrategias. Sin embargo, vale detenerse en algunos de esos matices para contextualizar este singular balotaje.
Más que polarizados
Dos propuestas, perfiles, historias y estilos antagónicos animarán el último round de una disputa marcada por la polarización, que ya se plasmó en el primer turno del 4 de octubre pasado. Allí un resultado no exento de sorpresas repartió entre el candidato del Partido Liberal y el del Partido de los Trabajadores la inmensa mayoría de las preferencias del electorado, frente a un menú de 12 aspirantes de los que sólo otros tres cosecharon un caudal visible pero muy inferior de sufragios.
En contra de casi todos los sondeos que auguraban un primer round casi empatado pero con ventaja para Lula, Bolsonaro se impuso con un 47,03 por ciento de los votos válidos frente al 45,16 de quien disputa su séptima elección presidencial y aspira a obtener un cuarto y último mandato. La diferencia, de 1,87 puntos porcentuales, fue la más exigua entre los dos candidatos más votados de un primer turno desde el regreso de la democracia a Brasil, en 1985.
En números concretos Bolsonaro, primogénito del ex presidente ultraderechista -condenado e inhabilitado por la fallida y vandálica intentona golpista de enero de 2023 contra el tercer mandato, recién iniciado, de Lula-, obtuvo 56.104.503 votos, frente a los 53.879.538 sufragios del actual mandatario. Una diferencia de 2.225.065 votos que tres semanas atrás muchos analistas consideraron indescontable, pero que hoy nadie se anima a proclamar como cosa juzgada.
En aquella primera vuelta del día 4, en la que 158.754.502 brasileños estaban habilitados para sufragar, 2.300.798 optaron por votar en blanco y 3.674.249 emitieron votos nulos. La participación fue del 78,92 por ciento, lo que implica que más de 30 millones de ciudadanos y ciudadanas no ejercieron su derecho o no cumplieron con su deber cívico.
De cara a un balotaje que los encuestadores vaticinan tan cerrado como el primer turno y con vencedor aún incierto, cada voto cuenta. Entre esos apoyos cotizan alto los 3,45 millones de votos obtenidos por Augusto Curry, que proponía una “tercera vía moderada” pero que se ubicó en un lejano tercer puesto, con el 2,89 por ciento. También el cuarto, Ronaldo Caiado, con 2,67 millones de votos y un 2,24%, y el quinto, Renán Santos, con 2,60 millones de sufragios equivalentes al 2,18% hicieron disímiles pronunciamientos con miras a este fin de semana.
Carisma y votos, ¿son endosables?
La Política no es una ciencia exacta; en ella no siempre dos más dos es igual a cuatro y, pese a que los perfiles de estos tres candidatos y sus postulados, sugerían un guiño en favor de senador del PL en la segunda vuelta, los sondeos de intención de voto de esta semana indicaron que no había un traslado exacto de esas preferencias e incluso en un caso se daba lo opuesto.
En lo que va de este siglo 21, todas las contiendas presidenciales en Brasil se han resuelto en segunda vuelta. El último mandatario que no necesitó del balotaje para ser ungido en las urnas fue Fernando Henrique Cardoso, líder del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), quien en 1994 y 1998 se impuso a Lula en primera vuelta con más del 50 por ciento de votos válidos. El ex tornero mecánico y líder sindical había caído ya en su primer intento por llegar al Planalto frente a Fernando Collor de Mello, pero en segundo turno.
En 2002, la cuarta sería la vencida para Lula, quien en segunda vuelta derrotó claramente a José Serra, del PSDB, y se convirtió en el primer líder de extracción obrera en llegar al poder de esta elitista potencia regional. El abanderado de la “izquierda aggiornada” repetiría su proeza en 2006, al vencer en balotaje al aspirante del PSDB y ex gobernador paulista Geraldo Alckmin, su actual vicepresidente y compañero de fórmula para esta elección.
Además, el ex líder sindical fue clave para que su ex jefa de Gabinete, Dilma Rousseff derrotara en el balotaje de 2010 al ya citado Serra y en 2014 a Aécio Neves (PSDB). Su condena, encarcelamiento e inhabilitación le impidieron ser candidato en 2018, cuando su actual ministro de Economía, Fernando Haddad perdió en segunda vuelta con Jair Bolsonaro.
Anulada su condena y recuperada su libertad, Lula volvió al ruedo político y articuló un frente inédito con antiguos aliados pero también con recurrentes rivales en las urnas. Una alianza multicolor cuyo objetivo central fue impedir la reelección del ex capitán ultraderechista en 2022. Lo derrotó por apretado margen y regresó al poder desde donde ahora, en vísperas de su cumpleaños 81, libra quizá su última gran batalla.
Él sabía que los augurios tras el primer round del 4 de octubre no le favorecían. En todos los balotajes brasileños hasta ahora, el ganador de la primera vuelta fue ratificado aunque por diversos márgenes en la segunda. Pero también es cierto que nunca el margen entre primero y segundo del primer round fue tan estrecho. Y además, quien corrió estas semanas desde atrás pero acercándose cada día un poco más es Lula, sobreviviente de duros traspiés, resiliente en más de un sentido y exponente de una raza de políticos que está en vías de extinción pero no se rinde. Si el rival de Bolsonaro hijo fuese otro, quizá la suerte hubiera quedado sellada en la noche de tres domingos atrás.
Por el desempate…
En el atardecer de este jueves, la esperada encuesta nacional del Instituto Datafolha indicó que Bolsonaro y Lula tenían en su última medición un 50 por ciento de intención de voto cada uno. Una paridad muy distinta a la brecha de cuatro puntos (52 a 48 por ciento) a favor del senador del Partido Liberal, que la misma encuestadora reveló el jueves posterior a la primera vuelta, y que confirmó la remontada del líder del PT. Ya la medición de una semana atrás seguía dando arriba a Bolsonaro, pero 51 a 49.
El “empate técnico” también fue consignado por la firma Qaest, que en un sondeo divulgado el miércoles otorgó a Bolsonaro un 45 por ciento de intención de voto y un 44 por ciento a Lula. Otra encuesta, de BTG7 News, situó al senador ultraderechista con 46,5 % y al actual jefe de Estado con 45,9. Proyectados esos datos pero computando sólo votos válidos, arrojaban un 50,3 % para Bolsonaro y un 49,7 para Lula.
Poder Data, en cambio, mantenía el jueves una diferencia de 51 a 49 por ciento en favor del senador, pero otra consultora daba similares porcentajes, aunque colocando al presidente arriba: Lula 51, Bolsonaro 49%. Se trata de Vox Brasil, una empresa no tan grande pero que fue la única que vaticinó en primera vuelta la victoria parcial de Bolsonaro.
Todo vale; ¿vale todo?
Partiendo de la premisa siempre esgrimida por los encuestadores, de que sus sondeos previos son una foto del momento pero no debe soslayarse que la película continúa hasta el final, este largometraje cargado de aditamentos promete mantener el suspenso, mientras las hipótesis sobre un desenlace se multiplican.
Un total de 48,1 millones de personas (una Argentina entera) que en el primer turno no votó ni por Bolsonaro ni por Lula es un objetivo a conquistar para ambos contendientes del balotaje, en especial para un Lula que arrancó hace tres semanas desde abajo, pero con las multitudinarias manifestaciones de estos días en las calles de las principales ciudades demostró que su poder de movilización está intacto.
Bolsonaro también tuvo baños de multitudes en San Pablo y Río, aunque el fuerte de su campaña apunte a lo digital, con armas no siempre transparentes, según denunciaron desde el PT y sus aliados.
A esta altura, cada gesto, cada señal positiva o negativa, cada declaración o desmentida, cada acción realizada u omitida adquieren un valor inconmensurable. Lula y su coalición liderada por el Partido de los Trabajadores instaron a sus seguidores a manifestarse y apuestan a movilizar a millones que no fueron a votar hace tres semanas. Bolsonaro refuerza su estrategia en las redes y trata de moderar en apariencia sus reacciones. Estrategas de campaña del senador opositor, que admira al mandatario salvadoreño Nayib Bukele, insisten en sus promesas de más seguridad y menos delito, aun a costa de restringir libertades y tener una fuerte regresión en materia de derechos adquiridos. Resaltan su juventud (45 años) y, montados en los éxitos de los últimos tiempos de las recetas de ajuste que proponen las derechas extremas, prometen un tijeretazo a los gastos públicos en aras de reducir el déficit y equilibrar cuentas, aunque sin llegar al extremo arrasador de la motosierra de Milei.
En la estrategia del PT el eje pasa por apostar al carisma y la capacidad de articular discursos y alianzas del actual presidente, y a subrayar las diferencias entre los logros sociales del líder pernambucano como estadista frente a la inexperiencia de su rival en cargos ejecutivos o de gobierno y a la “insensibilidad” frente a los más vulnerables.
Todo cuenta a la hora de resaltar virtudes propias y falencias ajenas. Al apoyo explícito del gobierno de Trump del que Bolsonaro puede jactarse, desde el PT se lo critica como una claudicación inadmisible a la que es imperativo poner freno por la soberanía y el orgullo de las y los brasileños.
Frente a las recomendaciones de votar por Flávio o en contra de Lula, que muchos pastores evangélicos o de las iglesias neopentecostales han hecho en estos comicios, un grupo de obispos y sacerdotes católicos difundió una carta en la que piden a sus fieles sufragar por el ex sindicalista metalúrgico e impedir el triunfo de un Bolsonaro, al que consideran una amenaza para la democracia y la convivencia pacífica, a partir de sus discursos intolerantes, sus vínculos con parapoliciales y su defensa de la libre portación de armas.
El apellido Bolsonaro, que Flavio usa para ganar apoyo de conservadores y sectores ligados a las fuerzas de seguridad, es asociado por el actual oficialismo con los lúgubres tiempos de la pandemia de Covid, cuando el desmanejo de la prevención o el desdén por los cuidados frente al virus costó la vida de más de 700 mil brasileños.
Entre las acciones gubernamentales a las que se atribuye parte de la recuperación de Lula en los sondeos está el aumento de las ayudas incluidas en el plan Bolsa Familia o la reciente derogación del régimen laboral del “6×1” para acotarlo a cinco días, con dos de descanso, y una reducción a 40 horas de la semana de trabajo.
Mientras, las denuncias y acusaciones cruzadas por escándalos habrán tenido hasta último momento su espacio central en pantallas y redes, como lo tuvieron en dos histriónicos debates televisados, el último de los cuales se escenificó este viernes en la TVGlobo, poco después de que se escribieran estas líneas.
“El día en que no pueda hablar más, yo hablaré por la fuerza de Ustedes”, dijo hace algunas horas Lula en un masivo acto efectuado en Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, el segundo estado más poblado del país.
En Brasil está en juego mucho más que la continuidad o no de un presidente en el poder o el futuro inmediato de su país. No es sólo el destino de un gobierno o la permanencia en La Alvorada del político más influyente del continente en este siglo 21. Sólo por eso y por lo que significa como principal socio de la Argentina, Brasil, la séptima economía del planeta, ya merecería toda nuestra atención y no sólo por un día.









